Buñuel, ese genio oscuro que deseaba

(http://www.elimparcial.es/cultura/bunuel-ese-genio-oscuro-que-deseaba-126443.html)

Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Luis Buñuel. El director de cine español cuya obra ha alcanzado el reconocimiento universal, muy por encima de cualquier otro compatriota, es calificado habitualmente como surrealista, irreverente, provocador, críptico, inagotable, comunista, blasfemo, contradictorio, genio… Buñuel fue todo eso y mucho más, por supuesto. Pero básicamente, por encima de adjetivos elogiosos o insultantes, fue un artista que hablaba en fotogramas sobre el deseo. Un deseo siempre imposible porque sus personajes, atormentados y guiados por sus sueños, nunca son capaces de lograr aquello que ansían.

Nacido en Calanda (Teruel) el 22 de febrero de 1900, fue el mayor de siete hermanos de una familia adinerada, cuyo cabeza había hecho fortuna en Cuba. Pasó por los jesuitas en Zaragoza hasta que en 1917 llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid. Allí conoció después a Rafael Alberti, Federico García Lorca y Salvador Dalí, en ese orden. Con los dos últimos alcanzó una amistad casi mítica. Relaciones de las que tanto se ha hablado, escrito y filmado y que el aragonés describe así en su autobiografía: “A decir verdad, él (Dalí) y Federico serían mis mejores amigos. Los tres andábamos siempre juntos. Lorca sentía por él verdadera pasión, lo cual dejaba indiferente a Dalí”. Como dice el catedrático Román Gubern, en ese trío Lorca era el homosexual, Dalí el gran masturbador y Buñuel el macho ibérico.

Tras el estudio y las gamberradas, casi a partes iguales, de su época en la Residencia, viajó en 1925 a París. Un viaje decisivo en su vida porque sus vínculos con el país vecino se forjaron entonces para no destruirse nunca. Entre otras cosas porque allí conoció a Jeanne Rucar, esposa con la que tuvo dos hijos durante toda una vida en común. También por aquel entonces contactó con el Jean Epstein, director que fue su maestro y tanto le influyó. Fruto de una conversación con su gran amigo Dalí surgió la idea de rodar su primera película, ’Un perro andaluz’ (1929), cuyo surrealismo exacerbado llevó a ambos a ingresar en el grupo de André Breton. La segunda colaboración fue ’La edad de oro’, que generó un escándalo mayúsculo en Francia, donde se prohibió su emisión desde su estreno, en 1930, hasta 50 años después.

El ataque furibundo e inmisericorde a todos los poderes establecidos de la época y la aparición de los sueños como la verdadera realidad que está oculta son los leitmotivs de esas dos primeras películas. Y marcarán toda su obra. Destaca cómo la Iglesia estará siempre en su punto de mira, lo que le generará detractores y seguidores hasta hoy mismo. El genio aragonés era un profundo conocedor de la teología y tenía a varios amigos religiosos. De hecho, su frase más conocida, “soy ateo, gracias a Dios”, no surge del desprecio, sino de la reflexión, que podrá o no compartirse. Creía, en suma, en el azar y en el misterio, no en divinidades. “El ateísmo —por lo menos el mío- conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio”, comenta en sus memorias.

A principios de los años treinta, Buñuel vive a caballo entre Madrid y París. Es la época en que se aleja del surrealismo oficial y se acerca al Partido Comunista, del que formó parte. También es cuando se casa con Jeanne Rucar. Antes de su matrimonio rueda su tercera película, otra que destila controversia hasta nuestros días. Se trata del documental ’Las Hurdes. Tierra sin pan’ (1932), donde retrata la comarca extremeña que, para bien o mal, sería conocida en todo el mundo después de que el cineasta enfocase allí su cámara. La Guerra Civil se inicia cuando está dedicado a las labores de productor junto a su amigo Ricardo Urgoiti. La productora Filmófono de ambos no pasará a la historia del cine por sus producciones. Buñuel toma partido. Republicano convencido, se vuelca en labores de propaganda con viajes por media Europa y Estados Unidos. Al término de la contienda fratricida, se ve obligado al exilio.

Los años en Nueva York y Hollywood no son fáciles para el director. Fracasa en varios intentos de rodaje, tampoco obtiene la nacionalidad estadounidense, como pretendía, los problemas de sordera se acrecientan, se aleja de Dalí, tiene que dimitir de un trabajo en el Moma porque la derecha norteamericana no le perdona su ideología, enlaza trabajos que no funcionan… Y en 1946 tiene que trasladarse a México por razones de mera supervivencia. En el país azteca rodará la gran mayoría de sus 32 películas. Se convierte en ciudadano mexicano y, poco después, fiel a su costumbre, salpica de polémica la sociedad mexicana con ’Los olvidados’ (1950), donde retoma la denuncia de las condiciones de los desheredados. Al final de una década con rodajes de películas menores, algunas de ellas coproducciones, dirige ’Nazarín’ (1959), primera adaptación de Galdós. La película triunfa en Cannes.

Dos años después, tras más de dos décadas de exilio, regresa a España, estamos ya 1961, para rodar ’Viridiana’. Un grupo encabezado por Carlos Saura le convenció para que diera este paso. Los otros exiliados atacaron con fiereza al director nacido en Calanda porque consideraban que con su vuelta hacía un favor a la dictadura. Una vez terminada la obra, los censores le obligan a rodar otro final. Y él inventa uno todavía mejor, insuperable en su crítica camuflada. La película se estrena en el Festival de Cannes. Gana la Palma de Oro. La condena al franquismo, esa que los censores no supieron ver en los fotogramas, es tremebunda. La reacción del régimen es prohibirla de inmediato. Hasta 1977 no pudo verse en las salas españolas.

Solo un año después, Buñuel vuelve a triunfar en Cannes, esta vez con el premio de la crítica, por ’El ángel exterminador’. Una década después del escándalo de ’Viridiana’, regresa otra vez a España para dirigir ’Tristana’. El entonces ministro Manuel Fraga permite al cineasta el regreso con la condición de que “ya se verá” si finalmente se puede emitir en los cines. Ambos mantuvieron una reunión de la que muy poco se ha sabido. Con esta nueva adaptación de Galdós, uno de los autores que más había leído, junto a otros clásicos realistas del siglo XIX, el director culmina una serie de obras mayores que rueda en los sesenta y en las que el sello surrealista se impone: ’Diario de una camarera, ’Simón del desierto’, ’Belle de jour’ y ’La vía láctea’. ’Tristana’ fue nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa, pero se quedó sin premio.

Poco después, en 1972, Buñuel rueda ’El discreto encanto de la burguesía’, otra de sus obras más aclamadas. Por ella ganó el Oscar en 1973, ahora hace cuarenta años. Pero este galardón no se entendería sin un hecho previo inaudito y esclarecedor sobre la importancia de su figura. Se trata de una cena en casa del cineasta George Cukor en noviembre de 1972, meses después del estreno de la cinta. Cukor, experto en crear este tipo de reuniones en su mansión, invitó al aragonés a su casa sin decirle quiénes asistirían. Cuando el español llegó allí se sorprendió al comprobar que asistían al convite John Ford, Alfred Hitchcock, William Wyler, Billy Wilder, George Stevens, Rouben Mamoulian, Robert Wise y Robert Mulligan. Es decir, la flor y nata de Hollywood quería reconocer así, no en vano la comida se hizo pública con una fotografía archiconocida, al genio Buñuel. El escritor Manuel Hidalgo acaba de publicar ’El banquete de los genios’ (Península), donde detalla los pormenores de esta comida y de las relaciones entre los allí presentes. El propio Hidalgo dirigió la pasada semana en los cursos de verano de la Universidad Complutense el seminario ’Buñuel, más allá de la realidad’. De ahí surgen todas las ideas presentes en este artículo, puesto que quien escribe estas líneas fue uno de los alumnos. La comida en casa de Cukor sirvió de lanzadera para que ’El discreto encanto de la burguesía’ lograse el Oscar unos meses después.

Avejentado y prácticamente sordo, el cineasta español más universal aún rodó otras dos películas, ’El fantasma de la libertad’ (1974) y ’Ese oscuro objeto de deseo’ (1977), con las que cerró su filmografía. Las tres películas conforman la trilogía del deseo, centrada en los conflictos de clase que tanto preocuparon siempre al director. Por la última estuvo nominado otra vez en Hollywood, tanto a mejor película extranjera como a mejor guión original. En 1982 publicó su autobiografía, ya mencionada. Pasó sus últimos años en su casa de México. Y un 29 de julio de 1983, hoy se cumplen treinta años, su vida se apagó cuando los enfermeros le cambiaban de postura en la cama del Hospital Inglés de México DF.

Muerto él, nos queda su obra, avasalladora. Y con un estilo propio. Su cine está mejor rodado de lo que suele decirse. Tenía preocupación por la técnica y la forma de colocar la cámara sorprende en muchas de sus películas. Siempre introduce imágenes inquietantes que desarbolan al espectador, centrado en esa tensión entre la realidad y el deseo, el hormigón y los sueños. El humor es otra de las vértebras de su obra, como lo fue de su vida. La dirección de actores es magistral. La rapidez en el rodaje y el ritmo que imprime a sus creaciones no son nada desdeñables. Y consigue, como los genios, que nadie haya podido imitarle con fidelidad. Hasta el punto de que hoy el concepto de buñuelesco no está demasiado claro. Es oscuro, indeterminado, escurridizo, inclasificable, como su propio creador.

De la corrupción y la lucidez en España

(http://www.elimparcial.es/nacional/de-la-corrupcion-y-la-lucidez-en-espana-126179.html)

“Pasaba la media noche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco.” Así termina el primer capítulo de Ensayo sobre la lucidez, libro escrito por José Saramago. Las reacciones más o menos fantasiosas de los poderosos ante el sorprendente resultado de unas elecciones pueblan las páginas de esta obra que reflexiona sobre una herramienta, el masivo voto en blanco, que tal vez podría servir para mejorar la democracia.

lucidez

Desde que leí este libro, hace ya unos cuantos años, nunca había pensado en que algo como la parábola ideada por el añorado portugués pudiera o incluso debiera ocurrir en España. Hasta el pasado lunes. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, afirmó ese día, en respuesta a los infames pormenores del caso Bárcenas que le acecha, que “España es un país serio” y defendió la “estabilidad política” que presuntamente él mismo encarna. No soy capaz de recordar una manifestación pública que choque tanto con la realidad o, al menos, con la percepción de la realidad que tienen las personas a las que conozco. Aparte de los SMS, los recibís y todo el fango del caso que tiene que ver con el famoso ex tesorero, recordé los manejos repugnantes de la trama Gürtel y la posible financiación irregular del partido en el Gobierno, el caso Urdangarín y otros escándalos, algunos silenciados, que afectan a la Casa del Rey, el fraude multimillonario de los ERE falsos de Andalucía, el supuesto tráfico de influencias del caso Campeón, el caso Palau, el caso de las ITV y el espionaje de Método 3 en Cataluña, etcétera. Y pensé que España hoy no es un país serio.

Pero la corrupción que nos desespera y asfixia no solo consiste en mangarle dinero al contribuyente. Algunas de las principales instituciones están, cuando menos, bajo sospecha. Acabamos de conocer que el presidente del Tribunal Constitucional fue, es o será, poco me importa, militante del Partido Popular. Y hemos visto cómo todo un ex ministro y ex número dos del PSOE se ha librado de ser juzgado en el Tribunal Supremo gracias a una sentencia retorcida hasta el infinito por tres jueces que, oh casualidad, son considerados ’progresistas’. Las maniobras de unos y otros, ahora o antes, en la Audiencia Nacional para quitar de en medio al incómodo juez Pablo Ruz darían para una enciclopedia. Todo muy higiénico. En realidad, no sé si el trozo ibérico del planeta fue alguna vez serio. Cualquiera que relea, por ejemplo, los manuales de Historia que reflejan lo que sucedía aquí en la Restauración Borbónica, entre 1875 y 1931, se dará cuenta de que no hemos cambiado tanto. En aquella etapa del Turno de Partidos, eso sí, se amañaban las elecciones. En eso hemos mejorado. Ahora, cuando el régimen de la segunda Restauración Borbónica agoniza y todo son incertidumbres en un país arruinado económica y políticamente, nos queda el voto, que no es poca cosa.

El jefe del Ejecutivo se niega a comparecer para dar explicaciones a los ciudadanos. Aunque parece que finalmente irá al Parlamento. Esclarecedor. El jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, amenaza con una moción de censura que no puede ganar y que parece no creerse ni él mismo. Delirante. En el colmo del despropósito, CiU ha llegado a ofrecer su apoyo a esa decisiva iniciativa a cambio de que le permitan convocar un referéndum de autodeterminación. En el fondo, todos saben que el escándalo Bárcenas puede diluirse entre la neblina de las tertulias televisivas y la desatención de muchos ciudadanos que en sus viajes a la playa no han metido en la maleta el espíritu crítico. Todo muy serio.

“Todos los políticos son iguales, no sé a quién votar la próxima vez”. “El PP tiene el caso Bárcenas como el PSOE tuvo el caso Filesa”. “Siempre se ha sabido que los partidos se financian de forma ilegal con dinero de empresarios”. “Son todos unos ladrones, no te puedes fiar de ninguno”. “Ellos roban, pero si yo estuviera ahí también robaría”. “Tenemos a los dirigentes que nos merecemos porque en el fondo nosotros somos iguales”. “Los partidos solo sirven para mangar y para enchufar a los conocidos”. “La mayoría de los políticos son honrados, pero hay muchos corruptos”. “Estamos en una partitocracia y los jefes de los partidos lo controlan todo”. “El Gobierno lo está haciendo fatal, pero la oposición está peor y no hay alternativa”… Son frases que todos hemos oído o pronunciado. Los políticos se han convertido en la segunda preocupación de la sociedad, solo por detrás de la deplorable situación económica. Las conversaciones al respecto se multiplican y terminan por hastiarnos.

Ya ninguna noticia nos puede asombrar. Más que estar vacunados por los antecedentes, somos inmunes a la podredumbre de los gobernantes. Pareciera que esperásemos tranquilamente en el sofá para descubrir quién es el siguiente enlodado, sea por ladrón o por mentiroso. Asediados por las urgencias personales que todos padecemos por la maldita crisis, aceptamos las corruptelas y los problemas endémicos del sistema porque tenemos la sensación exasperante de que no hay solución. Bastante tenemos con llegar a fin de mes. Pura y normal resignación. Nos hablan de pactos de Estado, de consensos básicos, de leyes de transparencia, de espíritu de la Transición o cosas similares y nos echamos a reír o llorar, depende del carácter de cada cual. Es una huida colectiva hacia delante. La verdad es que poco podemos hacer para cambiar las cosas por los cauces normales, más allá de la denuncia de esta situación enquistada e intolerable. Mi pequeña, minúscula aportación, si no lo digo reviento, es la reciente escritura de una novela negra sobre la corrupción en España, obra que acaso ningún editor se atreva a publicar por ser demasiado truculenta. Aunque viera la luz, lógicamente de poco serviría, puesto que es solo la reflexión de un periodista que abomina del régimen porque conoce algunos de sus recovecos más oscuros.

No creo en las barricadas ni en las Bastillas ni en las asonadas o en los complots con que algunos sueñan. No soy un revolucionario, ni un antisistema, ni un indignado quincemista, ni un rojo o azul peligroso, creo. Soy un ciudadano que no puede aguantar más esta broma de pésimo gusto. Esto no es un manifiesto y ni siquiera una propuesta, solo una duda que me carcome y quería compartir, para saber si he perdido definitivamente la cordura o no. Pienso que los partidos mayoritarios carecen de intenciones verdaderas de reformar, regenerar, reinventar o resucitar este sistema putrefacto. Por mucho que las encuestas apunten a la posible irrupción de otras formaciones en el Congreso, intuimos que no tendrán los votos suficientes para hacer grandes cambios o no serán capaces de ponerse de acuerdo. Sin embargo, la democracia parlamentaria es el mejor sistema, o el menos malo, que el ser humano ha sido capaz de inventar. Por ello los políticos, los de ahora u otros, esperemos que sean los segundos, deberán pilotar tarde o temprano la limpieza pendiente y necesaria. No existen varitas mágicas o elixires como Aquarius. Tienen que ser esos a los que muchos ya consideran una casta parasitaria. La única herramienta que tenemos es el voto y nuestra responsabilidad es usarla. Para que lo hagan bien, ¿qué mejor que darles una lección que les descoloque y les haga reflexionar y espabilar de una puta vez? Las próximas elecciones europeas quizás sean el mejor momento para que ensayemos la lucidez.

Muñoz Molina y la “memoria histórica”

(http://www.elimparcial.es/nacional/munoz-molina-y-la-memoria-historica-124638.html)

Quien ansíe una crítica sesuda o un análisis académico ya puede dejar de leer. Antonio Muñoz Molina acaba de obtener el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y, dado que es una costumbre muy extendida en España fusilar a escritores sin haber leído antes sus obras, simplemente he regresado a la lectura de su obra más voluminosa y quizás más polémica, ‘La noche de los tiempos’ (2009). Y, como mero lector, creo que se debe destacar, por encima de cuestiones técnicas como el estilo, su valentía.

lanochedelos tiempos

Una vez que se le concedió el galardón, algunos se apresuraron a calificar a este autor como ‘un hombre con conciencia’. Vaya por delante que yo, que ignoro los límites entre conciencia y moralina y que por ello seguramente huiría de ambas en cualquier escrito, creo que Muñoz Molina ha sido premiado por alumbrar historias bien trenzadas, con personajes perfectamente delineados que se mueven con un ritmo narrativo intenso pero no insoportable. Siempre con el intento cervantino de explicar, o, mejor dicho, mostrar los vaivenes psicológicos y el comportamiento incoherente de un ser humano. Su prosa quizás no sea deslumbrante ni demasiado sofisticada, pero sí es innegablemente certera -¿Qué más hace falta?- y posee una riqueza léxica que la mayoría de sus coetáneos no han conseguido. Dicho esto, la obra a la que me refiero sí posee el atributo de la conciencia.

Creo que las mil páginas de ‘La noche de los tiempos’ son ante todo valientes porque se adentran sin oportunismo ni simplificaciones ni prejuicios ideólógicos en los días de la Segunda República y la Guerra Civil. A leerlas, uno atisba las tesis presentes en los relatos de Manuel Chaves Nogales -el prólogo de ‘A sangre y fuego’ debería ser obligatorio en los institutos- o en algunos libros de Miguel Delibes -por ejemplo, ‘Madera de héroe’-. El autor de ‘El jinete polaco’ o ‘Sefarad’ publicó la obra en 2009, cuando la traída y llevada ‘memoria histórica’, que etimológicamente es una contradicción, llenaba portadas y telediarios. Y recibió críticas furibundas similares -por estilo y procedencia- a las que le llovieron hace unos meses, cuando acudió a Israel para recoger el premio Jerusalén.

Unos y otros ataques me parecieron injustificados y ahora, repasando la lectura de ‘La noche de los tiempos’, lo tengo todavía más claro. En su principal obra sobre la Guerra Civil, el autor nacido en Úbeda huye del maniqueísmo de buenos y malos, se olvida de las órdenes que dictan los guardianes de los políticamente correcto, fabula una bella historia que transcurre en aquellos días y presenta un Madrid donde imperan el odio y la intransigencia que preludian, primero, y desembocan, después, la tragedia colectiva que ha marcado a perpetuidad el ruedo ibérico.

“En esos días de mayo, en el mundo remoto de hace sólo unos meses que rememora incrédulamente Ignacio Abel, Madrid es una ciudad de entierros y corridas de toros. Por la calle de Alcalá suben casi cada tarde muchedumbres camino de la plaza de toros o del cementerio del Este. De los cortejos de los entierros y de las masas de la afición taurina se levantan polvaredas idénticas, bramidos igual de sobrecogedores. Al día siguiente de una corrida en la misma plaza se celebra un mitin político y el eco metálico de los altavoces y el de los himnos y los vivas y los mueras llega con igual lejanía al domicilio familiar de Ignacio Abel y al cuarto alquilado en que se refugia junto a Judith Biely”.

Ignacio Abel y Judit Biely, claro. ‘La noche de los tiempos’ se contextualiza en los días mencionados pero es, ante todo y por encima de todo, conviene matizarlo para no dar lugar a equívocos, una monumental historia de amor. Un amor clandestino entre un padre de familia cuyo matrimonio se marchita y una joven norteamericana que llega a la ciudad. La pasión por una mujer más joven, la traición a su esposa, los encuentros a escondidas, los problemas que generan los celos, la separación, el reencuentro y un final que no desvelaremos aquí. Todo ello contado por un narrador anónimo que introduce en varios momentos, solo unos pocos, la primera persona para marcar su presencia y alejarse de los personajes. Sin llegar a ser compleja, la estructura tampoco es lineal. Está construida con los continuos saltos en el tiempo que nacen de los recuerdos desordenados.

Obviamente, Muñoz Molina simpatiza con la izquierda, tanto en su vida como en sus obras. No creo casualidad que el protagonista de la novela a la que me refiero, el arquitecto Ignacio Abel, en un principio conozca a intelectuales de izquierda y simpatice con la República, además de alimentar su amor leyendo a Pedro Salinas. Pero la verdad de la guerra, cruenta, salvaje, inasumible, brutal, le convierte finalmente en una suerte de ácrata, descreído de los dos bandos en liza. No se trata de equidistancia ante la Guerra Civil, sino de recordarla como lo que fue, sin olvidar, por encima de las simpatías personales, las brutalidades que cometieron unos y otros. En las preceptivas entrevistas que concedió tras la publicación de la obra y en artículos posteriores, el autor pidió un gran pacto en el Parlamento sobre el conflicto fratricida, criticó a Zapatero por “usar el pasado” y reclamó, una y otra vez, que la visión en conjunto que todavía no se ha logrado debe ser construida por los historiadores, no por los políticos.

Aparte de los personajes inventados, desfilan por las páginas de la novela seres reales a los que el autor, profundo conocedor de los mismos, pone voz en diálogos con el protagonista. Uno de ellos es Negrín, que llega a decir: “Nos odian, amigo Abel. No me extraña que quiera usted irse. Nos odian en nuestro partido y fuera de él. Nos odian los reaccionarios que aún no se acostumbran a haber perdido las elecciones en febrero y muchos de los que creíamos de los nuestros porque apoyaban al Frente Popular. Odian a la gente que es como nosotros. Los que no creemos que arrasando el mundo presente se vaya a hacer posible otro mundo mucho mejor, ni que con la destrucción y el asesinato pueda traerse la justicia. No es una cuestión de ideas, como piensan algunos, en nuestro lado y en el de los otros. Usted y yo sabemos que las grandes ideas generales no sirven de mucho en la vida práctica”.

Bergamín deja clara una visión sobre la contienda que contrasta con la de Abel (y, por ende, con la de Muñoz Molina). “Usted conserva el escrúpulo humanista de no trazar una raya definitiva entre ellos y nosotros; usted no quiere aceptar que nosotros tenemos toda la razón y ellos toda la animalidad y la barbarie. ¿Cómo era esa boutade de Unamuno? ¿Los Hunos y los Hotros?”. Y Manuel Azaña, al referirse a la división dentro de la izquierda cuando Ignacio Abel le informa de que se exilia, sentencia: “Nadie puede hacer nada. Nosotros mismos somos nuestros peores enemigos. Que tenga usted un buen viaje”.

Quizás la obra adolezca de cierta falta de ritmo en algunos pasajes y su autor se detenga demasiado, sobre todo al principio, en la contextualización social y sentimental de los personajes. Las descripciones, casi siempre milimétricas, y algunas digresiones pueden causar aburrimiento al lector. Pero hay un aire sombrío, como de penumbra inevitable, que atraviesa la novela de principio a fin. En realidad, la oscuridad está a un lado y al otro de las ventanas, cuyos postigos, que son algo así como un leitmotiv, aparecen casi siempre “cerrados” o “entornados”, ocultando imágenes que por fuerza son clandestinas, como la relación de la pareja, u horrendas, como la barbarie en las calles.

La historia de amor que bulle en cada página contrasta con la honda sinrazón y el cainismo irreprimible que rodean a los personajes. Al propio Abel están a punto de liquidarlo y un profesor alemán amigo suyo, Rossman, judío que combatió al nazismo, es asesinado por ‘error’ por el bando republicano. La guerra es un horror que nunca debiera ocurrir y de la que siempre se habla en abstracto, sin tener en cuenta la crueldad y el sufrimiento inacabables que genera. Este aserto se evidencia en una larguísima reflexión del protagonista que aparece casi al final de la novela y que, a mi juicio, es también la opinión del propio Muñoz Molina sobre la atroz contienda:

“En la guerra nadie entiende nada. Los que parecen entender algo son los más farsantes de todos, los más dementes o los más peligrosos. Yo he visto la guerra. Nadie me lo ha contado. (…) Estalla una bomba y te matan o te quedas desangrándote y sujetándote los intestinos con las manos, o te quedas ciego, o sin las piernas, o sin la mitad de la cara. Y ni siquiera hace falta que vayas al frente. Vas a un café o a un cine de la Gran Vía y cuando sales cae un obús o una bomba incendiaria y si tienes suerte ni siquiera te das cuenta de que ibas a morir. O alguien te denuncia porque le caes mal o porque cree que te vio una vez saliendo de misa o leyendo el ABC y te llevan en un coche a la Casa de Campo y a la mañana siguiente los niños se divierten con tu cadáver poniéndole un cigarro encendido en la boca y llamándole besugo. Esa es la guerra. O la revolución, si te parece más apropiada esa palabra. Todo lo demás que te cuenten es mentira. Todos esos desfiles que quedan tan bien en las películas y las revistas ilustradas, las pancartas, las consignas, No pasarán. Los valientes y los honrados se montan en una camioneta vieja para ir al frente y los del otro lado los siegan con sus ametralladoras sin darles tiempo ni a a apuntar los fusiles, que en la mayor parte de los casos no han aprendido bien a manejar, o tienen poca munición o no es la munición adecuada. (…) Los fascistas llevan ametralladoras montadas en sus aviones y se divierten disparándolas contra las columnas de campesinos y de milicianos que huyen hacia Madrid. Los milicianos desperdician la munición disparando contra las aviones porque no saben que aunque tuvieran puntería lo que no tienen es la potencia de tiro suficiente para alcanzarlos. El piloto del avión se pica con ellos y en vez de seguir su camino se da la vuelta y los ametralla a campo descubierto, como si fueran hormigas. A la guerra, a los sitios donde de verdad se está expuesto a morir, no van más que los que no tienen más remedio porque los llevan a la fuerza o porque se han creído la propaganda y los han emborrachado con las banderas y los himnos. (…) Los otros les dan caza sin la menor dificultad. Igual que si cazaran conejos. ¿Sabes lo que les gusta hacer? Se aburren de que sea tan fácil matar y buscan entretenimiento. A las mujeres ya puedes imaginar lo que les hacen. A los hombres muchas veces les cortan la nariz y las orejas y luego les cortan el cuello. Les cortan los testículos y se los embuten en la boca. Clavan una cabeza con las orejas y la nariz cortadas en el palo de una escoba y la pasean en procesión. Pero eso también lo hacen de vez en cuando los nuestros. No me mires así. No es propaganda enemiga. Yo he visto cómo llevaban por Madrid la cabeza cortada del general López Ochoa. En los partidos de izquierda y en los sindicatos había mucho odio contra él porque mandó las tropas en Asturias el año treinta y cuatro. El dieciocho de julio estaba en el hospital militar de Carabanchel porque lo habían operado de algo y a algún valiente se le ocurrió ir a matarlo allí mismo. Lo mataron, arrastraron el cadáver por la calle y le cortaron la cabeza, las orejas y los testículos. (…) Ellos se sublevaron y ellos tienen la culpa de que empezara la matanza. Ellos merecen perder pero nosotros hemos cometido tantas barbaridades y tantas estupideces que no nos merecemos ganar”.

Para mí, que no es decir mucho, Muñoz Molina es un gran escritor y ‘La noche de los tiempos’ una novela fenomenal. Para otros, sin duda más sabios e inteligentes, no serán para tanto. Pero nadie puede asegurar ni siquiera sugerir que autor y obra sean sectarios. Y eso, en España, ya es bastante.

 

Los hijos del odio

(http://www.elimparcial.es/nacional/los-hijos-del-odio-76981.html)

Escribí sin odio contra las formas verbales destinadas a propalar el odio, alimento básico del terrorista”,

Fernando Aramburu[1]

El nacionalismo vasco se sustenta en el odio a España. No es una opinión ni una ocurrencia. Es una realidad. “Nosotros odiamos a España con toda nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra patria con las cadenas de esta vitanda esclavitud”, escribió Sabino Arana Goiri[2]. El periodista José María Calleja lo ha comentado y escrito muchas veces: “el problema del terrorismo nacionalista vasco es un problema de odio”[3]. De atizar ese odio enconado, vengativo e incesante surgen los terroristas que engrosan primero la “kale borroka” y luego ETA para extorsionar, atemorizar y matar a los que no piensan como ellos. Para derrumbar la libertad a base de sangre y hiel y bombas. Es el odio incubado en las familias, adobado en algunas ikastolas y embebido en la tribu de iguales. Odio cruel e indomable que lleva a menores a perpetrar diversas atrocidades y pensar en clave terrorista.

El 9 de marzo de 2008, un grupo de jóvenes comandados por Odei Ijurco, de 16 años, atacó con cócteles molotov a una patrulla de la Policía Foral de Navarra en el centro de Pamplona. Seis meses después, el 26 de septiembre, tres muchachos de entre 16 y 17 años aprovecharon el recreo del Colegio Iturrama de la capital navarra para colocar y exaltar fotografías de dos etarras. Aderezaron los retratos con flores y velas, y, rodeados de otra docena de jóvenes, entonaron proclamas apologéticas de los terroristas. Casi un año después, ell19 de septiembre de 2009, fueron detenidos en Pamplona seis menores, de 12 a 16 años, por colocar en un frontón una pancarta con fotos de presos de ETA.

El quince por ciento de los adolescentes vascos que cursan Educación Secundaria justifica o no rechaza la violencia de ETA. Otro catorce por ciento se muestra indiferente o pasivo. Más del ochenta por ciento de los estudiantes de modelo “A”, en castellano, tienen un rechazo alto o muy alto a ETA, mientras que ese porcentaje baja hasta el 62 por ciento entre quienes estudian en euskera, el modelo “D”[4]. En los libros de texto de veintisiete centros educativos de Navarra (las 15 ikastolas y 12 centros con modelo “D”) no se respeta la realidad política de la Comunidad foral[5]. En abril de 2009 detuvieron en Francia al etarra Alexander Uriarte, que enseñaba Ética en un colegio de Vitoria.

Juan Manuel de Prada escribía que ETA es como la hidra de Lerna, de siete cabezas, dada su evidente capacidad de regeneración. Y explicaba: “Un muchacho a quien se inculca, con la anuencia (o incluso el aplauso) de la autoridad educativa, una idea quimérica de la patria vasca, a quien desde la escuela se le instilan insidias constantes que no tienen otro propósito sino mantener vigoroso el veneno del odio contra la “dominación española”, no le queda otro remedio -si es que aún tiene sangre en las venas- que aceptar el uso de la violencia contra los opresores de su pueblo”[6].

Hechos infames, encuestas reveladoras y artículos clarificadores que ejemplifican qué está pasando. Decenas de jóvenes navarros y vascos fuertemente ideologizados apuntalan con sus actos las tesis fanáticas de una banda terrorista. Amparan y justifican a los que llaman “gudaris”, a los presuntos mártires de la causa nacionalista vasca. En la fabulosa película “La casa de mi padre”, Gorka Merchán retrata perfectamente cómo los menores se reúnen en la “herriko taberna” o el “gaztetxe” de turno para ingerir “kalimocho”, “maría” y odio a partes iguales. Primeros pasos para alimentar el horror etarra que ya dura cinco décadas.

Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Resulta muy complejo adentrarse en las estancias familiares donde se alienta la exaltación de lo vasco con tanta fuerza como el odio a lo español. Sí pueden darse pasos para que en las casas donde eso no ocurre los padres puedan detectar un foco de fanatismo y abatirlo, como exponía Maite Pagazaurtundúa en un artículo[7]. No obstante, la clave de bóveda para atajar de raíz ese odio abrasador es, para mí, actuar en las escuelas. Combatir con rigor histórico las imposturas, mitos y ficciones del nacionalismo que se escuchan en los pupitres. No hay que escatimar recursos ni perder tiempo. Que los políticos establezcan las vías necesarias.

Mientras no se destruyan las raíces del odio, poco importan las treguas, las trampas, los ‘procesos’, los “ceses de las acciones armadas ofensivas” o los altos el fuego de más o menos alcance. Burdas estratagemas.

Cuando los jóvenes vascos y navarros escuchen en las ikastolas las voces de Antígona frente al tirano Creonte[8], cuando alguien les cuente la verdad sobre ETA y sus secuaces, cuando sean capaces de comprender por sí mismos quiénes son los opresores y quiénes los oprimidos, se dará un paso firme para acabar con la cantera de terroristas, para domesticar a los “cachorros” desenfrenados, para eliminar el odio hiriente y engendrador de sufrimiento. Para, en suma, terminar con ETA al segar las posibles regeneraciones de la hidra venenosa, como Hércules amputó las siete cabezas del monstruo de Lerna.

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[1] Estas palabras aparecieron en el número 190 de la revista Claves de Razón Práctica, donde se recogía en forma de artículo el discurso que Fernando Aramburu escribió para agradecer el premio que le dio la RAE por su fantástico libro “Los peces de la amargura”, en el que retrata a la perfección la sociedad vasca

[2] Antonio Elorza cita este párrafo en la página 63 de su libro “La patria de los vascos”, una antología de escritos de Arana, fundador del nacionalismo vasco moderno y del PNV

[3] José María Calleja ha expuesto esta tesis en varios libros, en múltiples debates y en numerosos artículos

[4] Datos del primer informe sobre Atención Institucional a las Víctimas del terrorismo elaborado por el Ararteko, defensor del pueblo en el País Vasco

[5] “Diario de Navarra”, 20-09-09

[6] Juan Manuel de Prada, ABC, 1-08-2009

[7] Maite Pagazaurtundúa, Revista Fundación Víctimas del Terrorismo

[8] Referencia al documental “Las voces de Antígona”, en el que mujeres víctimas de ETA narran sus experiencias, con la narración central del escritor Javier Reverte

Ozores, hasta siempre

(http://www.elimparcial.es/sociedad/ozores-hasta-siempre-63305.html)

Hace un mes coincidí con Antonio Ozores en el programa Caliente y frío de la cadena Cope. Sus ojos se apagaban, sus piernas flaqueaban y sus manos temblaban. Pero jamás hubiera esperado que iba a cruzar la oscura penumbra de la muerte tan pronto. Su mente estaba lúcida. Su inteligencia era desbordante. Su humor y su alegría me subyugaron.

Conocer, aunque fuera durante un par de horas, a Ozores fue un regalo del destino. No supe cómo agradecer todas las carcajadas que le debo. Envidié a su hija, también presente, por compartir una vida de sainete y esperpento con un actor como él. Le prometí que acudiría a su teatro para ver su última obra. No cumplí mi palabra. Me faltó tiempo, aunque me sobraron (y me sobran) las ganas.

En la sobremesa, hablamos de la telebasura y de sus abyectas consecuencias. Narró que en la caja tonta de hoy ya no había hueco para gente como él. Contó un par de anécdotas surrealistas y reveladoras de sus encuentros con productores y ejecutivos. Y se despidió con un gesto amable y tierno. Oprime la conciencia sentir que muchos en la profesión le habían abandonado en vida y ahora le loan hipócritamente.

La noticia de su fallecimiento ha perturbado algo en mi interior. Llevo en la memoria aquel encuentro fugaz y cómico. Derrota mi tristeza el verso eterno de Wordsworth. Pienso que siempre me quedará aquel instante “del esplendor en la hierba y de la gloria en las flores”.

Viva José Luis Garci (¿Y España?)

(http://www.elimparcial.es/cultura/viva-jose-luis-garci-y-espana-50373.html)

Facha, retrógrado y derechista. Son los calificativos con los que muchos, incluso los mejores amigos, etiquetarán este artículo sin necesidad de leer más allá del título. Pero no perdamos más tiempo ni espacio, que siempre están muy caros y más aún en época de crisis. ¿Quién en nuestro país no se ha enamorado de unos negros ojos extremeños? ¿Y de unos oscuros cabellos andaluces? ¿Quién no ha disfrutado de ese Madrid bullicioso, cosmopolita y acogedor? ¿Y de esa Barcelona olímpica y que siempre huele a nueva? ¿Y de esa Sevilla de azahar y risas? ¿Quién no ha comprobado la generosidad asturiana? ¿Y la sabía indecisión gallega? ¿Y la seriedad y socarronería vascas?

¿Quién no ha recorrido esos pueblos castellanos donde al escuchar las conversaciones se encuentran los recovecos más deliciosos del idioma que nos une? ¿Y las playas celestes del Mediterráneo? ¿Y la arena noble que baña el Cantábrico? ¿Quién no ha viajado a los Sanfermines para vivir durante unos días esa fiesta indomable? ¿Y a los días ardientes de las fallas valencianas? ¿Y a esa cueva de belleza y diversión más conocida como Baleares? ¿Y al sol eterno y volcánico de las Canarias? ¿Quién no se ha emocionado al contemplar de cerca la Catedral de Santiago, el Acueducto de Segovia, el Palacio Real, la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba o la Sagrada Familia? ¿Quién, sea de donde sea, no ha vibrado con Quevedo, Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández o Cernuda? Así podríamos seguir durante siglos, glosando lugares, detalles, sabores, tradiciones, paisajes y matices que, tópicos o típicos, conforman la esencia indefinible de este estupendo país al que la Historia bautizó como España.

-¿Tú te sientes español?
-No, yo soy ciudadano del mundo.

Esta y otras sandeces sin paliativos se extienden hoy como la gangrena entre los jóvenes como yo. Somos exponentes de una generación capaz de deleitarse en una sala de cine con las hazañas de William Wallace o Ernesto Ché Guevara —por supuesto, obviando hasta el mínimo asomo de rigor histórico- mientras rechaza todo lo propio. Una generación acomplejada de su Historia por mero desconocimiento de la misma y que produce sin control ni mesura más y más amantes del derrotismo español. A los que dicen o sienten, que no es la misma cosa aunque lo parezca, esas sandeces les recomiendo encarecidamente que compren, alquilen o roben el deuvedé de “Sangre de Mayo” y después lo visionen donde les plazca. Podrán ver la recreación de un momento histórico que, a mi humilde entender, no es el inicio sino una parte importante de algo que ya era una nación siglos atrás.

Decía José Luis Garci hace algo menos de un año que se había inventado el deporte de atizarle. Se quedó corto. De todas las críticas aceradas que le dedicaron al director asturiano por hacer una película “de encargo”, la que más me dolió fue la de mi admirado Antonio Muñoz Molina, que dedicó un artículo en “Babelia” a poner a caer de un burro a Garci, al periodista que en ABC tituló un artículo “La nación filmada”, a los dadores de la subvención cuestionada y, por ende, a la propia película. Resulta paradójico y un tanto desasosegante encontrar un escrito tan errado cuando es obra de un sujeto que ha creado “El invierno en Lisboa”, que ha sido director del Instituto Cervantes en New York, que ha ganado el Premio Mariano de Cavia y que, como consecuencia de todo lo anterior, ha contribuido y contribuye con su quehacer a cultivar, enriquecer y cuidar el español.

El artículo, titulado “Más naciones”, se burlaba de que se pudieran filmar las naciones, censuraba la posibilidad de que hubiera algo de épico en aquel levantamiento de hace 201 años, igualaba a la “derecha más leída” de Madrid con “los nacionalistas de la periferia” por la manera de recordar aquella efeméride durante el pasado año, machacaba el hecho de que la película fuera de encargo al definir éste como “opulento mecenazgo oficial” y defendía el “trabajo de los historiadores” como “el mejor antídoto” para hacer frente a “los delirios de la política y de la ideología”. Ahí es nada. Fijémonos sobre todo en estas dos últimas rigurosidades del autor.

El asunto del “encargo” es de especial importancia, ya que durante aquellos días de críticas exacerbadas se abundó en ello en varios medios de la izquierda y en círculos de la llamada Cultura. Sin entrar en lo chocante que resulta que los defensores del canon y la subvención pública achaquen ferozmente a Garci algo así —no profundizo porque desconozco si el señor Molina es uno de ellos- y sin valorar que algunas de las mejores obras de la Historia del Arte sean fruto de mecenazgos —es evidente que el escritor no ignoraba este extremo-, es curioso utilizar como reproche este término que pareció haberse vuelto peyorativo como por arte de magia a tenor de la intención con que se usaba. Según el DRAE, cuando algo es “hecho de encargo” o “como hecho de encargo”, es que “reúne todas las condiciones apetecibles”. Pero lo más llamativo es que Molina aprovechase su discurso contra Garci y su película para promocionar a un historiador que precisamente en aquellos días publicó un libro cuya editorial forma parte del grupo de comunicación del suplemento donde apareció el artículo. Las casualidades no entienden de encargos. Y viceversa.

Tampoco tiene desperdicio la referencia a los historiadores, esos hombres objetivos, serios y carentes de cualquier atisbo de ideología que hacen de la Historia una ciencia perfecta. Pero me parece que el historiador al que citó Molina tendrá como mucho la misma credibilidad queFernando García de Cortázar, catedrático, colaborador de varios medios y director de la Fundación “Dos de Mayo. Nación y Libertad”. En un sublime artículo llamado “La pantalla estremece”, el historiador reconocía que “al relato de la historia el cine le quita la profundidad y anchura del campo de observación, y a menudo sustituye la realidad helada de los hechos por el colorido sentimental de los mitos” e igualmente afirmaba después que “leer a Galdós es como penetrar en un gran y polifónico país sorbido de tertulias y quimeras, y José Luis Garci, que siempre ha confesado su fascinación por el autor de Fortunata y Jacinta, ha sabido entenderlo en el momento de trasladar al cine La Corte de Carlos IV y El 19 de marzo y el dos de mayo”. Está todo dicho, ¿no? Claro que el cine selecciona, fabula, reordena y manipula los hechos, pero nadie (o al menos yo) se lo plantea como un impedimento para ver “300”, “Braveheart”, “Ché, el argentino” o “Ágora”.

Recuerdo que el artículo del gran Muñoz Molina estaba muy bien escrito y sus dardos estaban tan envenenados como bien construidos, pero creo que adolecía de una falta de rigor esencial, no en sus referencias a Galdós o la Historia, asuntos de los que sin duda es un gran conocedor, sino en lo que se refiere a la película. Creo que el opúsculo era en el fondo un vago apriorismo, puesto que me podría apostar un euro con cada lector —y no lo perdería- a que el escritor aún no había visto la película dirigida por Garci cuando escribió sobre ella. Yo sí la vi recién estrenada. No soy crítico cinematográfico, pero, aun reconociendo que no me parece, ni de lejos, la mejor obra del asturiano, aseguro que la parte épica de la cinta trata de mostrar ese Madrid en el que los mayores truhanes y sinvergüenzas se rebelaron contra el invasor para encender así —y sin sospecharlo- la chispa de lo que sería la crucial Guerra de la Independencia, para mayor decepción del montón de afrancesados que han puesto a caldo esa contienda desde entonces. Un estallido de cólera más rabioso que patriótico, más casual que esperado, en la línea con lo escrito y repetido al respecto por Arturo Pérez Reverte, que algo debe saber de la cuestión.

Quiero que estas líneas sean un homenaje, un tributo, un viva exaltado a José Luis Garci. Los que hace más o menos un año le sacudieron la badana por ser amigo de los poderosos o cosa parecida son los mismos que le llamaron “franquista” tras ver “Tiovivo.1950”, con lo que demostraron no entender esa estupenda película coral que pretendía, con mayor o menor tino, retratar una época de la que todos somos hijos —o nietos-, y hacerlo además de una manera para nada exenta de ataques a la dictadura. Son los mismos que cuando recuerdan la imagen de Garci recogiendo el primer Óscar a una película española por “Volver a empezar” ponen el acento antes en el chabacano inglés del director que en la abrumadora importancia del hecho en sí. Y son los mismos que hace un par de años quisieron oscurecer la potente “Luz de domingo” sin siquiera gastarse seis euros en el cine. Ya lo dice el personaje de “la uruguaya” en esa película:

-No les entiendo. Ustedes los españoles no se alegran de las cosas buenas que les pasan, sino de las cosas malas que les pasan a los demás.

Definición perfecta y actual de la sombra de Caín del verso de Machado, cuya muestra más sofisticada y ruin es la envidia. Pese a este y otros defectos endémicos que nos acompañan, también quiero decir, alto y claro, viva España. Porque creo que cuando alguien como yo usa esa expresión hoy no está alabando ese país del franquismo: rancio, palurdo, hijo y preso de imposiciones como el crucifijo, el águila y el “Cara el Sol”, sino que está ensalzando una naturaleza colectiva, diversa y no excluyente, no necesariamente épica pero sin necesidad de abominar de atributos como el heroísmo, asentada sobre siglos de vivencias comunes y que encuentra el mejor marco posible para desarrollarse en la Constitución de 1978, que por cierto representa la cima del constitucionalismo español, cuya primera obra surgió en las Cortes de Cádiz, que, si mal no recuerdo, algo de relación guardan con el levantamiento de mayo.

Una naturaleza, en suma, que formamos los ciudadanos de un país democrático y moderno, único en su enorme y sana diversidad, contradictorio como pocos, adicto al garrotazo, paradójico y esperpéntico, genial al fin y al cabo, que, por ejemplo, es capaz de salir a la calle en masa en todos los pueblos y ciudades para apoyar a su selección de fútbol porque cada uno de los que está allí, sean cuales sean su pelaje político y su condición social, siente en su interior como propio a ese conjunto de quince jugadores que nos hicieron gozar como nunca hace dos veranos. Y más: se identifica con ellos y comparte con sus vecinos la brutal alegría de un triunfo largamente esperado.

Monárquicos o republicanos; de derechas o izquierdas; ateos o religiosos; entusiastas del toreo o furibundos antitaurinos; separatistas, patriotas o ciudadanos emancipados de adjetivos coartadores; con nuestros gigantes defectos y grandes virtudes; con nuestros sentimientos propios y siempre respetables; con nuestras diferencias, que no son escasas ni diminutas pero que constituyen un grupo infinitamente inferior a ese sustrato común tan difícil de definir y sin embargo formado por tantas cosas que nos unen; todos somos españoles, ¿no? Este humilde escrito, acertado o fallido, no es fruto de un encargo, sino de una reflexión personal e independiente de uno de ellos que no reza cada noche a patrias, siglas o banderas, ni mucho menos, pero que al tiempo no se avergüenza del lugar donde nació, ni mucho menos. Arrumbemos los fanatismos y desterremos los complejos. ¡Viva la libertad!

Marián Álvarez, la actriz del futuro

lomejordemi(http://www.elimparcial.es/cultura/marian-alvarez-la-actriz-del-futuro-47538.html)

Despotricar contra el poderoso que abusa, el malvado que causa sufrimiento o el artista que se equivoca. Esa es la misión que alienta y bautiza este rincón de reflexiones. Pero hay veces en que el elogio se impone. Asimismo, no debe ser labor del periodista predecir el futuro. Aunque a veces el análisis o la pasión te llevan a lanzar profecías. Hoy conjugo los verbos elogiar y predecir porque por mucho que ahondo en la cuestión no encuentro otra respuesta: hablar de la actriz Marián Álvarez es hablar del futuro del cine español.

Como en el poema de Pablo Neruda, Marián Álvarez “me gusta cuando calla porque está como ausente”. Y me gusta cuando habla porque convence, y cuando anda porque atrae, y cuando gesticula porque transmite, y cuando mira porque hipnotiza, y cuando sonríe porque alegra, y cuando llora porque entristece. Hay algo, no sé qué es, floreciente en esta mujer. Quizás sea el talento, que se abre paso para seducir al espectador. Las comparaciones son odiosas, es verdad, sobre todo para quien sale perdiendo. Y de todas las actrices jóvenes que pueblan las pantallas españolas y que pelean por alcanzar el éxito, creo que ella destaca por encima del resto.

Esta joven actriz (31 años, si no falla la wikipedia) posee una sonrisa luminosa, un cabello de fiero azabache y una voz suave, quebradiza, envolvente. Tiene un aspecto frágil, menudo, inocente y bello, como el de una niña eterna. Sí, la niña de los ojos de muchos espectadores. Y pronto, quizás de los ojos de algún gran director que la encumbre. Esta actriz muestra una mirada penetrante y expresiva, un atractivo sencillo pero indudable y una presencia escénica que inunda la pantalla. Esas características físicas y esas cualidades artísticas las ha derrochado en series, cortos y películas.

De su todavía escasa carrera, destacan dos papeles: el de la serie “Hospital Central”, su primera gran oportunidad en televisión, y el de la película “Lo mejor de mí”, su primera actuación como protagonista. Por ambas ha recibido premios que reconocen su labor. En la serie demostró que sabe morirse ante la cámara, tarea nada sencilla. Enormes actrices que están en la mente de cualquier cinéfilo lo han hecho todo bien menos morirse en tiempo y forma -me refiero a la ficción, por supuesto-. En la película sacó adelante con sobresaliente un papel ojeroso, doliente, complejo. ¿Tendrá capacidad de adaptación para cualquier género? Es difícil adivinarlo, pero ya ha demostrado que está hecha para el drama y no desluce en la comedia.

Desconozco cómo será el trabajo de Marián Álvarez en “La ira”, una película para televisión de Daniel Calparsoro que estos días verá la luz en Telecinco y que narra el atroz crimen de Betanzos. Pero me atrevo a decir, con toda sinceridad y palpable insolencia, que esta actriz a la que no conozco personalmente —lo aclaro para evitar suspicacias- dará mucho y bueno que hablar. Estaré alegre de que sea cierto.