Buñuel, ese genio oscuro que deseaba

(http://www.elimparcial.es/cultura/bunuel-ese-genio-oscuro-que-deseaba-126443.html)

Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Luis Buñuel. El director de cine español cuya obra ha alcanzado el reconocimiento universal, muy por encima de cualquier otro compatriota, es calificado habitualmente como surrealista, irreverente, provocador, críptico, inagotable, comunista, blasfemo, contradictorio, genio… Buñuel fue todo eso y mucho más, por supuesto. Pero básicamente, por encima de adjetivos elogiosos o insultantes, fue un artista que hablaba en fotogramas sobre el deseo. Un deseo siempre imposible porque sus personajes, atormentados y guiados por sus sueños, nunca son capaces de lograr aquello que ansían.

Nacido en Calanda (Teruel) el 22 de febrero de 1900, fue el mayor de siete hermanos de una familia adinerada, cuyo cabeza había hecho fortuna en Cuba. Pasó por los jesuitas en Zaragoza hasta que en 1917 llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid. Allí conoció después a Rafael Alberti, Federico García Lorca y Salvador Dalí, en ese orden. Con los dos últimos alcanzó una amistad casi mítica. Relaciones de las que tanto se ha hablado, escrito y filmado y que el aragonés describe así en su autobiografía: “A decir verdad, él (Dalí) y Federico serían mis mejores amigos. Los tres andábamos siempre juntos. Lorca sentía por él verdadera pasión, lo cual dejaba indiferente a Dalí”. Como dice el catedrático Román Gubern, en ese trío Lorca era el homosexual, Dalí el gran masturbador y Buñuel el macho ibérico.

Tras el estudio y las gamberradas, casi a partes iguales, de su época en la Residencia, viajó en 1925 a París. Un viaje decisivo en su vida porque sus vínculos con el país vecino se forjaron entonces para no destruirse nunca. Entre otras cosas porque allí conoció a Jeanne Rucar, esposa con la que tuvo dos hijos durante toda una vida en común. También por aquel entonces contactó con el Jean Epstein, director que fue su maestro y tanto le influyó. Fruto de una conversación con su gran amigo Dalí surgió la idea de rodar su primera película, ’Un perro andaluz’ (1929), cuyo surrealismo exacerbado llevó a ambos a ingresar en el grupo de André Breton. La segunda colaboración fue ’La edad de oro’, que generó un escándalo mayúsculo en Francia, donde se prohibió su emisión desde su estreno, en 1930, hasta 50 años después.

El ataque furibundo e inmisericorde a todos los poderes establecidos de la época y la aparición de los sueños como la verdadera realidad que está oculta son los leitmotivs de esas dos primeras películas. Y marcarán toda su obra. Destaca cómo la Iglesia estará siempre en su punto de mira, lo que le generará detractores y seguidores hasta hoy mismo. El genio aragonés era un profundo conocedor de la teología y tenía a varios amigos religiosos. De hecho, su frase más conocida, “soy ateo, gracias a Dios”, no surge del desprecio, sino de la reflexión, que podrá o no compartirse. Creía, en suma, en el azar y en el misterio, no en divinidades. “El ateísmo —por lo menos el mío- conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio”, comenta en sus memorias.

A principios de los años treinta, Buñuel vive a caballo entre Madrid y París. Es la época en que se aleja del surrealismo oficial y se acerca al Partido Comunista, del que formó parte. También es cuando se casa con Jeanne Rucar. Antes de su matrimonio rueda su tercera película, otra que destila controversia hasta nuestros días. Se trata del documental ’Las Hurdes. Tierra sin pan’ (1932), donde retrata la comarca extremeña que, para bien o mal, sería conocida en todo el mundo después de que el cineasta enfocase allí su cámara. La Guerra Civil se inicia cuando está dedicado a las labores de productor junto a su amigo Ricardo Urgoiti. La productora Filmófono de ambos no pasará a la historia del cine por sus producciones. Buñuel toma partido. Republicano convencido, se vuelca en labores de propaganda con viajes por media Europa y Estados Unidos. Al término de la contienda fratricida, se ve obligado al exilio.

Los años en Nueva York y Hollywood no son fáciles para el director. Fracasa en varios intentos de rodaje, tampoco obtiene la nacionalidad estadounidense, como pretendía, los problemas de sordera se acrecientan, se aleja de Dalí, tiene que dimitir de un trabajo en el Moma porque la derecha norteamericana no le perdona su ideología, enlaza trabajos que no funcionan… Y en 1946 tiene que trasladarse a México por razones de mera supervivencia. En el país azteca rodará la gran mayoría de sus 32 películas. Se convierte en ciudadano mexicano y, poco después, fiel a su costumbre, salpica de polémica la sociedad mexicana con ’Los olvidados’ (1950), donde retoma la denuncia de las condiciones de los desheredados. Al final de una década con rodajes de películas menores, algunas de ellas coproducciones, dirige ’Nazarín’ (1959), primera adaptación de Galdós. La película triunfa en Cannes.

Dos años después, tras más de dos décadas de exilio, regresa a España, estamos ya 1961, para rodar ’Viridiana’. Un grupo encabezado por Carlos Saura le convenció para que diera este paso. Los otros exiliados atacaron con fiereza al director nacido en Calanda porque consideraban que con su vuelta hacía un favor a la dictadura. Una vez terminada la obra, los censores le obligan a rodar otro final. Y él inventa uno todavía mejor, insuperable en su crítica camuflada. La película se estrena en el Festival de Cannes. Gana la Palma de Oro. La condena al franquismo, esa que los censores no supieron ver en los fotogramas, es tremebunda. La reacción del régimen es prohibirla de inmediato. Hasta 1977 no pudo verse en las salas españolas.

Solo un año después, Buñuel vuelve a triunfar en Cannes, esta vez con el premio de la crítica, por ’El ángel exterminador’. Una década después del escándalo de ’Viridiana’, regresa otra vez a España para dirigir ’Tristana’. El entonces ministro Manuel Fraga permite al cineasta el regreso con la condición de que “ya se verá” si finalmente se puede emitir en los cines. Ambos mantuvieron una reunión de la que muy poco se ha sabido. Con esta nueva adaptación de Galdós, uno de los autores que más había leído, junto a otros clásicos realistas del siglo XIX, el director culmina una serie de obras mayores que rueda en los sesenta y en las que el sello surrealista se impone: ’Diario de una camarera, ’Simón del desierto’, ’Belle de jour’ y ’La vía láctea’. ’Tristana’ fue nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa, pero se quedó sin premio.

Poco después, en 1972, Buñuel rueda ’El discreto encanto de la burguesía’, otra de sus obras más aclamadas. Por ella ganó el Oscar en 1973, ahora hace cuarenta años. Pero este galardón no se entendería sin un hecho previo inaudito y esclarecedor sobre la importancia de su figura. Se trata de una cena en casa del cineasta George Cukor en noviembre de 1972, meses después del estreno de la cinta. Cukor, experto en crear este tipo de reuniones en su mansión, invitó al aragonés a su casa sin decirle quiénes asistirían. Cuando el español llegó allí se sorprendió al comprobar que asistían al convite John Ford, Alfred Hitchcock, William Wyler, Billy Wilder, George Stevens, Rouben Mamoulian, Robert Wise y Robert Mulligan. Es decir, la flor y nata de Hollywood quería reconocer así, no en vano la comida se hizo pública con una fotografía archiconocida, al genio Buñuel. El escritor Manuel Hidalgo acaba de publicar ’El banquete de los genios’ (Península), donde detalla los pormenores de esta comida y de las relaciones entre los allí presentes. El propio Hidalgo dirigió la pasada semana en los cursos de verano de la Universidad Complutense el seminario ’Buñuel, más allá de la realidad’. De ahí surgen todas las ideas presentes en este artículo, puesto que quien escribe estas líneas fue uno de los alumnos. La comida en casa de Cukor sirvió de lanzadera para que ’El discreto encanto de la burguesía’ lograse el Oscar unos meses después.

Avejentado y prácticamente sordo, el cineasta español más universal aún rodó otras dos películas, ’El fantasma de la libertad’ (1974) y ’Ese oscuro objeto de deseo’ (1977), con las que cerró su filmografía. Las tres películas conforman la trilogía del deseo, centrada en los conflictos de clase que tanto preocuparon siempre al director. Por la última estuvo nominado otra vez en Hollywood, tanto a mejor película extranjera como a mejor guión original. En 1982 publicó su autobiografía, ya mencionada. Pasó sus últimos años en su casa de México. Y un 29 de julio de 1983, hoy se cumplen treinta años, su vida se apagó cuando los enfermeros le cambiaban de postura en la cama del Hospital Inglés de México DF.

Muerto él, nos queda su obra, avasalladora. Y con un estilo propio. Su cine está mejor rodado de lo que suele decirse. Tenía preocupación por la técnica y la forma de colocar la cámara sorprende en muchas de sus películas. Siempre introduce imágenes inquietantes que desarbolan al espectador, centrado en esa tensión entre la realidad y el deseo, el hormigón y los sueños. El humor es otra de las vértebras de su obra, como lo fue de su vida. La dirección de actores es magistral. La rapidez en el rodaje y el ritmo que imprime a sus creaciones no son nada desdeñables. Y consigue, como los genios, que nadie haya podido imitarle con fidelidad. Hasta el punto de que hoy el concepto de buñuelesco no está demasiado claro. Es oscuro, indeterminado, escurridizo, inclasificable, como su propio creador.

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