De la corrupción y la lucidez en España

(http://www.elimparcial.es/nacional/de-la-corrupcion-y-la-lucidez-en-espana-126179.html)

“Pasaba la media noche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco.” Así termina el primer capítulo de Ensayo sobre la lucidez, libro escrito por José Saramago. Las reacciones más o menos fantasiosas de los poderosos ante el sorprendente resultado de unas elecciones pueblan las páginas de esta obra que reflexiona sobre una herramienta, el masivo voto en blanco, que tal vez podría servir para mejorar la democracia.

lucidez

Desde que leí este libro, hace ya unos cuantos años, nunca había pensado en que algo como la parábola ideada por el añorado portugués pudiera o incluso debiera ocurrir en España. Hasta el pasado lunes. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, afirmó ese día, en respuesta a los infames pormenores del caso Bárcenas que le acecha, que “España es un país serio” y defendió la “estabilidad política” que presuntamente él mismo encarna. No soy capaz de recordar una manifestación pública que choque tanto con la realidad o, al menos, con la percepción de la realidad que tienen las personas a las que conozco. Aparte de los SMS, los recibís y todo el fango del caso que tiene que ver con el famoso ex tesorero, recordé los manejos repugnantes de la trama Gürtel y la posible financiación irregular del partido en el Gobierno, el caso Urdangarín y otros escándalos, algunos silenciados, que afectan a la Casa del Rey, el fraude multimillonario de los ERE falsos de Andalucía, el supuesto tráfico de influencias del caso Campeón, el caso Palau, el caso de las ITV y el espionaje de Método 3 en Cataluña, etcétera. Y pensé que España hoy no es un país serio.

Pero la corrupción que nos desespera y asfixia no solo consiste en mangarle dinero al contribuyente. Algunas de las principales instituciones están, cuando menos, bajo sospecha. Acabamos de conocer que el presidente del Tribunal Constitucional fue, es o será, poco me importa, militante del Partido Popular. Y hemos visto cómo todo un ex ministro y ex número dos del PSOE se ha librado de ser juzgado en el Tribunal Supremo gracias a una sentencia retorcida hasta el infinito por tres jueces que, oh casualidad, son considerados ’progresistas’. Las maniobras de unos y otros, ahora o antes, en la Audiencia Nacional para quitar de en medio al incómodo juez Pablo Ruz darían para una enciclopedia. Todo muy higiénico. En realidad, no sé si el trozo ibérico del planeta fue alguna vez serio. Cualquiera que relea, por ejemplo, los manuales de Historia que reflejan lo que sucedía aquí en la Restauración Borbónica, entre 1875 y 1931, se dará cuenta de que no hemos cambiado tanto. En aquella etapa del Turno de Partidos, eso sí, se amañaban las elecciones. En eso hemos mejorado. Ahora, cuando el régimen de la segunda Restauración Borbónica agoniza y todo son incertidumbres en un país arruinado económica y políticamente, nos queda el voto, que no es poca cosa.

El jefe del Ejecutivo se niega a comparecer para dar explicaciones a los ciudadanos. Aunque parece que finalmente irá al Parlamento. Esclarecedor. El jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, amenaza con una moción de censura que no puede ganar y que parece no creerse ni él mismo. Delirante. En el colmo del despropósito, CiU ha llegado a ofrecer su apoyo a esa decisiva iniciativa a cambio de que le permitan convocar un referéndum de autodeterminación. En el fondo, todos saben que el escándalo Bárcenas puede diluirse entre la neblina de las tertulias televisivas y la desatención de muchos ciudadanos que en sus viajes a la playa no han metido en la maleta el espíritu crítico. Todo muy serio.

“Todos los políticos son iguales, no sé a quién votar la próxima vez”. “El PP tiene el caso Bárcenas como el PSOE tuvo el caso Filesa”. “Siempre se ha sabido que los partidos se financian de forma ilegal con dinero de empresarios”. “Son todos unos ladrones, no te puedes fiar de ninguno”. “Ellos roban, pero si yo estuviera ahí también robaría”. “Tenemos a los dirigentes que nos merecemos porque en el fondo nosotros somos iguales”. “Los partidos solo sirven para mangar y para enchufar a los conocidos”. “La mayoría de los políticos son honrados, pero hay muchos corruptos”. “Estamos en una partitocracia y los jefes de los partidos lo controlan todo”. “El Gobierno lo está haciendo fatal, pero la oposición está peor y no hay alternativa”… Son frases que todos hemos oído o pronunciado. Los políticos se han convertido en la segunda preocupación de la sociedad, solo por detrás de la deplorable situación económica. Las conversaciones al respecto se multiplican y terminan por hastiarnos.

Ya ninguna noticia nos puede asombrar. Más que estar vacunados por los antecedentes, somos inmunes a la podredumbre de los gobernantes. Pareciera que esperásemos tranquilamente en el sofá para descubrir quién es el siguiente enlodado, sea por ladrón o por mentiroso. Asediados por las urgencias personales que todos padecemos por la maldita crisis, aceptamos las corruptelas y los problemas endémicos del sistema porque tenemos la sensación exasperante de que no hay solución. Bastante tenemos con llegar a fin de mes. Pura y normal resignación. Nos hablan de pactos de Estado, de consensos básicos, de leyes de transparencia, de espíritu de la Transición o cosas similares y nos echamos a reír o llorar, depende del carácter de cada cual. Es una huida colectiva hacia delante. La verdad es que poco podemos hacer para cambiar las cosas por los cauces normales, más allá de la denuncia de esta situación enquistada e intolerable. Mi pequeña, minúscula aportación, si no lo digo reviento, es la reciente escritura de una novela negra sobre la corrupción en España, obra que acaso ningún editor se atreva a publicar por ser demasiado truculenta. Aunque viera la luz, lógicamente de poco serviría, puesto que es solo la reflexión de un periodista que abomina del régimen porque conoce algunos de sus recovecos más oscuros.

No creo en las barricadas ni en las Bastillas ni en las asonadas o en los complots con que algunos sueñan. No soy un revolucionario, ni un antisistema, ni un indignado quincemista, ni un rojo o azul peligroso, creo. Soy un ciudadano que no puede aguantar más esta broma de pésimo gusto. Esto no es un manifiesto y ni siquiera una propuesta, solo una duda que me carcome y quería compartir, para saber si he perdido definitivamente la cordura o no. Pienso que los partidos mayoritarios carecen de intenciones verdaderas de reformar, regenerar, reinventar o resucitar este sistema putrefacto. Por mucho que las encuestas apunten a la posible irrupción de otras formaciones en el Congreso, intuimos que no tendrán los votos suficientes para hacer grandes cambios o no serán capaces de ponerse de acuerdo. Sin embargo, la democracia parlamentaria es el mejor sistema, o el menos malo, que el ser humano ha sido capaz de inventar. Por ello los políticos, los de ahora u otros, esperemos que sean los segundos, deberán pilotar tarde o temprano la limpieza pendiente y necesaria. No existen varitas mágicas o elixires como Aquarius. Tienen que ser esos a los que muchos ya consideran una casta parasitaria. La única herramienta que tenemos es el voto y nuestra responsabilidad es usarla. Para que lo hagan bien, ¿qué mejor que darles una lección que les descoloque y les haga reflexionar y espabilar de una puta vez? Las próximas elecciones europeas quizás sean el mejor momento para que ensayemos la lucidez.

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