Buñuel, ese genio oscuro que deseaba

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Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Luis Buñuel. El director de cine español cuya obra ha alcanzado el reconocimiento universal, muy por encima de cualquier otro compatriota, es calificado habitualmente como surrealista, irreverente, provocador, críptico, inagotable, comunista, blasfemo, contradictorio, genio… Buñuel fue todo eso y mucho más, por supuesto. Pero básicamente, por encima de adjetivos elogiosos o insultantes, fue un artista que hablaba en fotogramas sobre el deseo. Un deseo siempre imposible porque sus personajes, atormentados y guiados por sus sueños, nunca son capaces de lograr aquello que ansían.

Nacido en Calanda (Teruel) el 22 de febrero de 1900, fue el mayor de siete hermanos de una familia adinerada, cuyo cabeza había hecho fortuna en Cuba. Pasó por los jesuitas en Zaragoza hasta que en 1917 llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid. Allí conoció después a Rafael Alberti, Federico García Lorca y Salvador Dalí, en ese orden. Con los dos últimos alcanzó una amistad casi mítica. Relaciones de las que tanto se ha hablado, escrito y filmado y que el aragonés describe así en su autobiografía: “A decir verdad, él (Dalí) y Federico serían mis mejores amigos. Los tres andábamos siempre juntos. Lorca sentía por él verdadera pasión, lo cual dejaba indiferente a Dalí”. Como dice el catedrático Román Gubern, en ese trío Lorca era el homosexual, Dalí el gran masturbador y Buñuel el macho ibérico.

Tras el estudio y las gamberradas, casi a partes iguales, de su época en la Residencia, viajó en 1925 a París. Un viaje decisivo en su vida porque sus vínculos con el país vecino se forjaron entonces para no destruirse nunca. Entre otras cosas porque allí conoció a Jeanne Rucar, esposa con la que tuvo dos hijos durante toda una vida en común. También por aquel entonces contactó con el Jean Epstein, director que fue su maestro y tanto le influyó. Fruto de una conversación con su gran amigo Dalí surgió la idea de rodar su primera película, ’Un perro andaluz’ (1929), cuyo surrealismo exacerbado llevó a ambos a ingresar en el grupo de André Breton. La segunda colaboración fue ’La edad de oro’, que generó un escándalo mayúsculo en Francia, donde se prohibió su emisión desde su estreno, en 1930, hasta 50 años después.

El ataque furibundo e inmisericorde a todos los poderes establecidos de la época y la aparición de los sueños como la verdadera realidad que está oculta son los leitmotivs de esas dos primeras películas. Y marcarán toda su obra. Destaca cómo la Iglesia estará siempre en su punto de mira, lo que le generará detractores y seguidores hasta hoy mismo. El genio aragonés era un profundo conocedor de la teología y tenía a varios amigos religiosos. De hecho, su frase más conocida, “soy ateo, gracias a Dios”, no surge del desprecio, sino de la reflexión, que podrá o no compartirse. Creía, en suma, en el azar y en el misterio, no en divinidades. “El ateísmo —por lo menos el mío- conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio”, comenta en sus memorias.

A principios de los años treinta, Buñuel vive a caballo entre Madrid y París. Es la época en que se aleja del surrealismo oficial y se acerca al Partido Comunista, del que formó parte. También es cuando se casa con Jeanne Rucar. Antes de su matrimonio rueda su tercera película, otra que destila controversia hasta nuestros días. Se trata del documental ’Las Hurdes. Tierra sin pan’ (1932), donde retrata la comarca extremeña que, para bien o mal, sería conocida en todo el mundo después de que el cineasta enfocase allí su cámara. La Guerra Civil se inicia cuando está dedicado a las labores de productor junto a su amigo Ricardo Urgoiti. La productora Filmófono de ambos no pasará a la historia del cine por sus producciones. Buñuel toma partido. Republicano convencido, se vuelca en labores de propaganda con viajes por media Europa y Estados Unidos. Al término de la contienda fratricida, se ve obligado al exilio.

Los años en Nueva York y Hollywood no son fáciles para el director. Fracasa en varios intentos de rodaje, tampoco obtiene la nacionalidad estadounidense, como pretendía, los problemas de sordera se acrecientan, se aleja de Dalí, tiene que dimitir de un trabajo en el Moma porque la derecha norteamericana no le perdona su ideología, enlaza trabajos que no funcionan… Y en 1946 tiene que trasladarse a México por razones de mera supervivencia. En el país azteca rodará la gran mayoría de sus 32 películas. Se convierte en ciudadano mexicano y, poco después, fiel a su costumbre, salpica de polémica la sociedad mexicana con ’Los olvidados’ (1950), donde retoma la denuncia de las condiciones de los desheredados. Al final de una década con rodajes de películas menores, algunas de ellas coproducciones, dirige ’Nazarín’ (1959), primera adaptación de Galdós. La película triunfa en Cannes.

Dos años después, tras más de dos décadas de exilio, regresa a España, estamos ya 1961, para rodar ’Viridiana’. Un grupo encabezado por Carlos Saura le convenció para que diera este paso. Los otros exiliados atacaron con fiereza al director nacido en Calanda porque consideraban que con su vuelta hacía un favor a la dictadura. Una vez terminada la obra, los censores le obligan a rodar otro final. Y él inventa uno todavía mejor, insuperable en su crítica camuflada. La película se estrena en el Festival de Cannes. Gana la Palma de Oro. La condena al franquismo, esa que los censores no supieron ver en los fotogramas, es tremebunda. La reacción del régimen es prohibirla de inmediato. Hasta 1977 no pudo verse en las salas españolas.

Solo un año después, Buñuel vuelve a triunfar en Cannes, esta vez con el premio de la crítica, por ’El ángel exterminador’. Una década después del escándalo de ’Viridiana’, regresa otra vez a España para dirigir ’Tristana’. El entonces ministro Manuel Fraga permite al cineasta el regreso con la condición de que “ya se verá” si finalmente se puede emitir en los cines. Ambos mantuvieron una reunión de la que muy poco se ha sabido. Con esta nueva adaptación de Galdós, uno de los autores que más había leído, junto a otros clásicos realistas del siglo XIX, el director culmina una serie de obras mayores que rueda en los sesenta y en las que el sello surrealista se impone: ’Diario de una camarera, ’Simón del desierto’, ’Belle de jour’ y ’La vía láctea’. ’Tristana’ fue nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa, pero se quedó sin premio.

Poco después, en 1972, Buñuel rueda ’El discreto encanto de la burguesía’, otra de sus obras más aclamadas. Por ella ganó el Oscar en 1973, ahora hace cuarenta años. Pero este galardón no se entendería sin un hecho previo inaudito y esclarecedor sobre la importancia de su figura. Se trata de una cena en casa del cineasta George Cukor en noviembre de 1972, meses después del estreno de la cinta. Cukor, experto en crear este tipo de reuniones en su mansión, invitó al aragonés a su casa sin decirle quiénes asistirían. Cuando el español llegó allí se sorprendió al comprobar que asistían al convite John Ford, Alfred Hitchcock, William Wyler, Billy Wilder, George Stevens, Rouben Mamoulian, Robert Wise y Robert Mulligan. Es decir, la flor y nata de Hollywood quería reconocer así, no en vano la comida se hizo pública con una fotografía archiconocida, al genio Buñuel. El escritor Manuel Hidalgo acaba de publicar ’El banquete de los genios’ (Península), donde detalla los pormenores de esta comida y de las relaciones entre los allí presentes. El propio Hidalgo dirigió la pasada semana en los cursos de verano de la Universidad Complutense el seminario ’Buñuel, más allá de la realidad’. De ahí surgen todas las ideas presentes en este artículo, puesto que quien escribe estas líneas fue uno de los alumnos. La comida en casa de Cukor sirvió de lanzadera para que ’El discreto encanto de la burguesía’ lograse el Oscar unos meses después.

Avejentado y prácticamente sordo, el cineasta español más universal aún rodó otras dos películas, ’El fantasma de la libertad’ (1974) y ’Ese oscuro objeto de deseo’ (1977), con las que cerró su filmografía. Las tres películas conforman la trilogía del deseo, centrada en los conflictos de clase que tanto preocuparon siempre al director. Por la última estuvo nominado otra vez en Hollywood, tanto a mejor película extranjera como a mejor guión original. En 1982 publicó su autobiografía, ya mencionada. Pasó sus últimos años en su casa de México. Y un 29 de julio de 1983, hoy se cumplen treinta años, su vida se apagó cuando los enfermeros le cambiaban de postura en la cama del Hospital Inglés de México DF.

Muerto él, nos queda su obra, avasalladora. Y con un estilo propio. Su cine está mejor rodado de lo que suele decirse. Tenía preocupación por la técnica y la forma de colocar la cámara sorprende en muchas de sus películas. Siempre introduce imágenes inquietantes que desarbolan al espectador, centrado en esa tensión entre la realidad y el deseo, el hormigón y los sueños. El humor es otra de las vértebras de su obra, como lo fue de su vida. La dirección de actores es magistral. La rapidez en el rodaje y el ritmo que imprime a sus creaciones no son nada desdeñables. Y consigue, como los genios, que nadie haya podido imitarle con fidelidad. Hasta el punto de que hoy el concepto de buñuelesco no está demasiado claro. Es oscuro, indeterminado, escurridizo, inclasificable, como su propio creador.

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De la corrupción y la lucidez en España

(http://www.elimparcial.es/nacional/de-la-corrupcion-y-la-lucidez-en-espana-126179.html)

“Pasaba la media noche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco.” Así termina el primer capítulo de Ensayo sobre la lucidez, libro escrito por José Saramago. Las reacciones más o menos fantasiosas de los poderosos ante el sorprendente resultado de unas elecciones pueblan las páginas de esta obra que reflexiona sobre una herramienta, el masivo voto en blanco, que tal vez podría servir para mejorar la democracia.

lucidez

Desde que leí este libro, hace ya unos cuantos años, nunca había pensado en que algo como la parábola ideada por el añorado portugués pudiera o incluso debiera ocurrir en España. Hasta el pasado lunes. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, afirmó ese día, en respuesta a los infames pormenores del caso Bárcenas que le acecha, que “España es un país serio” y defendió la “estabilidad política” que presuntamente él mismo encarna. No soy capaz de recordar una manifestación pública que choque tanto con la realidad o, al menos, con la percepción de la realidad que tienen las personas a las que conozco. Aparte de los SMS, los recibís y todo el fango del caso que tiene que ver con el famoso ex tesorero, recordé los manejos repugnantes de la trama Gürtel y la posible financiación irregular del partido en el Gobierno, el caso Urdangarín y otros escándalos, algunos silenciados, que afectan a la Casa del Rey, el fraude multimillonario de los ERE falsos de Andalucía, el supuesto tráfico de influencias del caso Campeón, el caso Palau, el caso de las ITV y el espionaje de Método 3 en Cataluña, etcétera. Y pensé que España hoy no es un país serio.

Pero la corrupción que nos desespera y asfixia no solo consiste en mangarle dinero al contribuyente. Algunas de las principales instituciones están, cuando menos, bajo sospecha. Acabamos de conocer que el presidente del Tribunal Constitucional fue, es o será, poco me importa, militante del Partido Popular. Y hemos visto cómo todo un ex ministro y ex número dos del PSOE se ha librado de ser juzgado en el Tribunal Supremo gracias a una sentencia retorcida hasta el infinito por tres jueces que, oh casualidad, son considerados ’progresistas’. Las maniobras de unos y otros, ahora o antes, en la Audiencia Nacional para quitar de en medio al incómodo juez Pablo Ruz darían para una enciclopedia. Todo muy higiénico. En realidad, no sé si el trozo ibérico del planeta fue alguna vez serio. Cualquiera que relea, por ejemplo, los manuales de Historia que reflejan lo que sucedía aquí en la Restauración Borbónica, entre 1875 y 1931, se dará cuenta de que no hemos cambiado tanto. En aquella etapa del Turno de Partidos, eso sí, se amañaban las elecciones. En eso hemos mejorado. Ahora, cuando el régimen de la segunda Restauración Borbónica agoniza y todo son incertidumbres en un país arruinado económica y políticamente, nos queda el voto, que no es poca cosa.

El jefe del Ejecutivo se niega a comparecer para dar explicaciones a los ciudadanos. Aunque parece que finalmente irá al Parlamento. Esclarecedor. El jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, amenaza con una moción de censura que no puede ganar y que parece no creerse ni él mismo. Delirante. En el colmo del despropósito, CiU ha llegado a ofrecer su apoyo a esa decisiva iniciativa a cambio de que le permitan convocar un referéndum de autodeterminación. En el fondo, todos saben que el escándalo Bárcenas puede diluirse entre la neblina de las tertulias televisivas y la desatención de muchos ciudadanos que en sus viajes a la playa no han metido en la maleta el espíritu crítico. Todo muy serio.

“Todos los políticos son iguales, no sé a quién votar la próxima vez”. “El PP tiene el caso Bárcenas como el PSOE tuvo el caso Filesa”. “Siempre se ha sabido que los partidos se financian de forma ilegal con dinero de empresarios”. “Son todos unos ladrones, no te puedes fiar de ninguno”. “Ellos roban, pero si yo estuviera ahí también robaría”. “Tenemos a los dirigentes que nos merecemos porque en el fondo nosotros somos iguales”. “Los partidos solo sirven para mangar y para enchufar a los conocidos”. “La mayoría de los políticos son honrados, pero hay muchos corruptos”. “Estamos en una partitocracia y los jefes de los partidos lo controlan todo”. “El Gobierno lo está haciendo fatal, pero la oposición está peor y no hay alternativa”… Son frases que todos hemos oído o pronunciado. Los políticos se han convertido en la segunda preocupación de la sociedad, solo por detrás de la deplorable situación económica. Las conversaciones al respecto se multiplican y terminan por hastiarnos.

Ya ninguna noticia nos puede asombrar. Más que estar vacunados por los antecedentes, somos inmunes a la podredumbre de los gobernantes. Pareciera que esperásemos tranquilamente en el sofá para descubrir quién es el siguiente enlodado, sea por ladrón o por mentiroso. Asediados por las urgencias personales que todos padecemos por la maldita crisis, aceptamos las corruptelas y los problemas endémicos del sistema porque tenemos la sensación exasperante de que no hay solución. Bastante tenemos con llegar a fin de mes. Pura y normal resignación. Nos hablan de pactos de Estado, de consensos básicos, de leyes de transparencia, de espíritu de la Transición o cosas similares y nos echamos a reír o llorar, depende del carácter de cada cual. Es una huida colectiva hacia delante. La verdad es que poco podemos hacer para cambiar las cosas por los cauces normales, más allá de la denuncia de esta situación enquistada e intolerable. Mi pequeña, minúscula aportación, si no lo digo reviento, es la reciente escritura de una novela negra sobre la corrupción en España, obra que acaso ningún editor se atreva a publicar por ser demasiado truculenta. Aunque viera la luz, lógicamente de poco serviría, puesto que es solo la reflexión de un periodista que abomina del régimen porque conoce algunos de sus recovecos más oscuros.

No creo en las barricadas ni en las Bastillas ni en las asonadas o en los complots con que algunos sueñan. No soy un revolucionario, ni un antisistema, ni un indignado quincemista, ni un rojo o azul peligroso, creo. Soy un ciudadano que no puede aguantar más esta broma de pésimo gusto. Esto no es un manifiesto y ni siquiera una propuesta, solo una duda que me carcome y quería compartir, para saber si he perdido definitivamente la cordura o no. Pienso que los partidos mayoritarios carecen de intenciones verdaderas de reformar, regenerar, reinventar o resucitar este sistema putrefacto. Por mucho que las encuestas apunten a la posible irrupción de otras formaciones en el Congreso, intuimos que no tendrán los votos suficientes para hacer grandes cambios o no serán capaces de ponerse de acuerdo. Sin embargo, la democracia parlamentaria es el mejor sistema, o el menos malo, que el ser humano ha sido capaz de inventar. Por ello los políticos, los de ahora u otros, esperemos que sean los segundos, deberán pilotar tarde o temprano la limpieza pendiente y necesaria. No existen varitas mágicas o elixires como Aquarius. Tienen que ser esos a los que muchos ya consideran una casta parasitaria. La única herramienta que tenemos es el voto y nuestra responsabilidad es usarla. Para que lo hagan bien, ¿qué mejor que darles una lección que les descoloque y les haga reflexionar y espabilar de una puta vez? Las próximas elecciones europeas quizás sean el mejor momento para que ensayemos la lucidez.