Muñoz Molina y la “memoria histórica”

(http://www.elimparcial.es/nacional/munoz-molina-y-la-memoria-historica-124638.html)

Quien ansíe una crítica sesuda o un análisis académico ya puede dejar de leer. Antonio Muñoz Molina acaba de obtener el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y, dado que es una costumbre muy extendida en España fusilar a escritores sin haber leído antes sus obras, simplemente he regresado a la lectura de su obra más voluminosa y quizás más polémica, ‘La noche de los tiempos’ (2009). Y, como mero lector, creo que se debe destacar, por encima de cuestiones técnicas como el estilo, su valentía.

lanochedelos tiempos

Una vez que se le concedió el galardón, algunos se apresuraron a calificar a este autor como ‘un hombre con conciencia’. Vaya por delante que yo, que ignoro los límites entre conciencia y moralina y que por ello seguramente huiría de ambas en cualquier escrito, creo que Muñoz Molina ha sido premiado por alumbrar historias bien trenzadas, con personajes perfectamente delineados que se mueven con un ritmo narrativo intenso pero no insoportable. Siempre con el intento cervantino de explicar, o, mejor dicho, mostrar los vaivenes psicológicos y el comportamiento incoherente de un ser humano. Su prosa quizás no sea deslumbrante ni demasiado sofisticada, pero sí es innegablemente certera -¿Qué más hace falta?- y posee una riqueza léxica que la mayoría de sus coetáneos no han conseguido. Dicho esto, la obra a la que me refiero sí posee el atributo de la conciencia.

Creo que las mil páginas de ‘La noche de los tiempos’ son ante todo valientes porque se adentran sin oportunismo ni simplificaciones ni prejuicios ideólógicos en los días de la Segunda República y la Guerra Civil. A leerlas, uno atisba las tesis presentes en los relatos de Manuel Chaves Nogales -el prólogo de ‘A sangre y fuego’ debería ser obligatorio en los institutos- o en algunos libros de Miguel Delibes -por ejemplo, ‘Madera de héroe’-. El autor de ‘El jinete polaco’ o ‘Sefarad’ publicó la obra en 2009, cuando la traída y llevada ‘memoria histórica’, que etimológicamente es una contradicción, llenaba portadas y telediarios. Y recibió críticas furibundas similares -por estilo y procedencia- a las que le llovieron hace unos meses, cuando acudió a Israel para recoger el premio Jerusalén.

Unos y otros ataques me parecieron injustificados y ahora, repasando la lectura de ‘La noche de los tiempos’, lo tengo todavía más claro. En su principal obra sobre la Guerra Civil, el autor nacido en Úbeda huye del maniqueísmo de buenos y malos, se olvida de las órdenes que dictan los guardianes de los políticamente correcto, fabula una bella historia que transcurre en aquellos días y presenta un Madrid donde imperan el odio y la intransigencia que preludian, primero, y desembocan, después, la tragedia colectiva que ha marcado a perpetuidad el ruedo ibérico.

“En esos días de mayo, en el mundo remoto de hace sólo unos meses que rememora incrédulamente Ignacio Abel, Madrid es una ciudad de entierros y corridas de toros. Por la calle de Alcalá suben casi cada tarde muchedumbres camino de la plaza de toros o del cementerio del Este. De los cortejos de los entierros y de las masas de la afición taurina se levantan polvaredas idénticas, bramidos igual de sobrecogedores. Al día siguiente de una corrida en la misma plaza se celebra un mitin político y el eco metálico de los altavoces y el de los himnos y los vivas y los mueras llega con igual lejanía al domicilio familiar de Ignacio Abel y al cuarto alquilado en que se refugia junto a Judith Biely”.

Ignacio Abel y Judit Biely, claro. ‘La noche de los tiempos’ se contextualiza en los días mencionados pero es, ante todo y por encima de todo, conviene matizarlo para no dar lugar a equívocos, una monumental historia de amor. Un amor clandestino entre un padre de familia cuyo matrimonio se marchita y una joven norteamericana que llega a la ciudad. La pasión por una mujer más joven, la traición a su esposa, los encuentros a escondidas, los problemas que generan los celos, la separación, el reencuentro y un final que no desvelaremos aquí. Todo ello contado por un narrador anónimo que introduce en varios momentos, solo unos pocos, la primera persona para marcar su presencia y alejarse de los personajes. Sin llegar a ser compleja, la estructura tampoco es lineal. Está construida con los continuos saltos en el tiempo que nacen de los recuerdos desordenados.

Obviamente, Muñoz Molina simpatiza con la izquierda, tanto en su vida como en sus obras. No creo casualidad que el protagonista de la novela a la que me refiero, el arquitecto Ignacio Abel, en un principio conozca a intelectuales de izquierda y simpatice con la República, además de alimentar su amor leyendo a Pedro Salinas. Pero la verdad de la guerra, cruenta, salvaje, inasumible, brutal, le convierte finalmente en una suerte de ácrata, descreído de los dos bandos en liza. No se trata de equidistancia ante la Guerra Civil, sino de recordarla como lo que fue, sin olvidar, por encima de las simpatías personales, las brutalidades que cometieron unos y otros. En las preceptivas entrevistas que concedió tras la publicación de la obra y en artículos posteriores, el autor pidió un gran pacto en el Parlamento sobre el conflicto fratricida, criticó a Zapatero por “usar el pasado” y reclamó, una y otra vez, que la visión en conjunto que todavía no se ha logrado debe ser construida por los historiadores, no por los políticos.

Aparte de los personajes inventados, desfilan por las páginas de la novela seres reales a los que el autor, profundo conocedor de los mismos, pone voz en diálogos con el protagonista. Uno de ellos es Negrín, que llega a decir: “Nos odian, amigo Abel. No me extraña que quiera usted irse. Nos odian en nuestro partido y fuera de él. Nos odian los reaccionarios que aún no se acostumbran a haber perdido las elecciones en febrero y muchos de los que creíamos de los nuestros porque apoyaban al Frente Popular. Odian a la gente que es como nosotros. Los que no creemos que arrasando el mundo presente se vaya a hacer posible otro mundo mucho mejor, ni que con la destrucción y el asesinato pueda traerse la justicia. No es una cuestión de ideas, como piensan algunos, en nuestro lado y en el de los otros. Usted y yo sabemos que las grandes ideas generales no sirven de mucho en la vida práctica”.

Bergamín deja clara una visión sobre la contienda que contrasta con la de Abel (y, por ende, con la de Muñoz Molina). “Usted conserva el escrúpulo humanista de no trazar una raya definitiva entre ellos y nosotros; usted no quiere aceptar que nosotros tenemos toda la razón y ellos toda la animalidad y la barbarie. ¿Cómo era esa boutade de Unamuno? ¿Los Hunos y los Hotros?”. Y Manuel Azaña, al referirse a la división dentro de la izquierda cuando Ignacio Abel le informa de que se exilia, sentencia: “Nadie puede hacer nada. Nosotros mismos somos nuestros peores enemigos. Que tenga usted un buen viaje”.

Quizás la obra adolezca de cierta falta de ritmo en algunos pasajes y su autor se detenga demasiado, sobre todo al principio, en la contextualización social y sentimental de los personajes. Las descripciones, casi siempre milimétricas, y algunas digresiones pueden causar aburrimiento al lector. Pero hay un aire sombrío, como de penumbra inevitable, que atraviesa la novela de principio a fin. En realidad, la oscuridad está a un lado y al otro de las ventanas, cuyos postigos, que son algo así como un leitmotiv, aparecen casi siempre “cerrados” o “entornados”, ocultando imágenes que por fuerza son clandestinas, como la relación de la pareja, u horrendas, como la barbarie en las calles.

La historia de amor que bulle en cada página contrasta con la honda sinrazón y el cainismo irreprimible que rodean a los personajes. Al propio Abel están a punto de liquidarlo y un profesor alemán amigo suyo, Rossman, judío que combatió al nazismo, es asesinado por ‘error’ por el bando republicano. La guerra es un horror que nunca debiera ocurrir y de la que siempre se habla en abstracto, sin tener en cuenta la crueldad y el sufrimiento inacabables que genera. Este aserto se evidencia en una larguísima reflexión del protagonista que aparece casi al final de la novela y que, a mi juicio, es también la opinión del propio Muñoz Molina sobre la atroz contienda:

“En la guerra nadie entiende nada. Los que parecen entender algo son los más farsantes de todos, los más dementes o los más peligrosos. Yo he visto la guerra. Nadie me lo ha contado. (…) Estalla una bomba y te matan o te quedas desangrándote y sujetándote los intestinos con las manos, o te quedas ciego, o sin las piernas, o sin la mitad de la cara. Y ni siquiera hace falta que vayas al frente. Vas a un café o a un cine de la Gran Vía y cuando sales cae un obús o una bomba incendiaria y si tienes suerte ni siquiera te das cuenta de que ibas a morir. O alguien te denuncia porque le caes mal o porque cree que te vio una vez saliendo de misa o leyendo el ABC y te llevan en un coche a la Casa de Campo y a la mañana siguiente los niños se divierten con tu cadáver poniéndole un cigarro encendido en la boca y llamándole besugo. Esa es la guerra. O la revolución, si te parece más apropiada esa palabra. Todo lo demás que te cuenten es mentira. Todos esos desfiles que quedan tan bien en las películas y las revistas ilustradas, las pancartas, las consignas, No pasarán. Los valientes y los honrados se montan en una camioneta vieja para ir al frente y los del otro lado los siegan con sus ametralladoras sin darles tiempo ni a a apuntar los fusiles, que en la mayor parte de los casos no han aprendido bien a manejar, o tienen poca munición o no es la munición adecuada. (…) Los fascistas llevan ametralladoras montadas en sus aviones y se divierten disparándolas contra las columnas de campesinos y de milicianos que huyen hacia Madrid. Los milicianos desperdician la munición disparando contra las aviones porque no saben que aunque tuvieran puntería lo que no tienen es la potencia de tiro suficiente para alcanzarlos. El piloto del avión se pica con ellos y en vez de seguir su camino se da la vuelta y los ametralla a campo descubierto, como si fueran hormigas. A la guerra, a los sitios donde de verdad se está expuesto a morir, no van más que los que no tienen más remedio porque los llevan a la fuerza o porque se han creído la propaganda y los han emborrachado con las banderas y los himnos. (…) Los otros les dan caza sin la menor dificultad. Igual que si cazaran conejos. ¿Sabes lo que les gusta hacer? Se aburren de que sea tan fácil matar y buscan entretenimiento. A las mujeres ya puedes imaginar lo que les hacen. A los hombres muchas veces les cortan la nariz y las orejas y luego les cortan el cuello. Les cortan los testículos y se los embuten en la boca. Clavan una cabeza con las orejas y la nariz cortadas en el palo de una escoba y la pasean en procesión. Pero eso también lo hacen de vez en cuando los nuestros. No me mires así. No es propaganda enemiga. Yo he visto cómo llevaban por Madrid la cabeza cortada del general López Ochoa. En los partidos de izquierda y en los sindicatos había mucho odio contra él porque mandó las tropas en Asturias el año treinta y cuatro. El dieciocho de julio estaba en el hospital militar de Carabanchel porque lo habían operado de algo y a algún valiente se le ocurrió ir a matarlo allí mismo. Lo mataron, arrastraron el cadáver por la calle y le cortaron la cabeza, las orejas y los testículos. (…) Ellos se sublevaron y ellos tienen la culpa de que empezara la matanza. Ellos merecen perder pero nosotros hemos cometido tantas barbaridades y tantas estupideces que no nos merecemos ganar”.

Para mí, que no es decir mucho, Muñoz Molina es un gran escritor y ‘La noche de los tiempos’ una novela fenomenal. Para otros, sin duda más sabios e inteligentes, no serán para tanto. Pero nadie puede asegurar ni siquiera sugerir que autor y obra sean sectarios. Y eso, en España, ya es bastante.

 

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