La peste blanca

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Es pegajosa y doliente, casi infecta. Aquí, en LA GACETA, muchos la padecen. Pobres. Son más de los deseables, pero debemos respetar su enfermedad. Yo, incluso, intento ayudarles a superarla. Pero no hay manera. Quienes sufren la peste que causa ser aficionado al Real Madrid ven desatadas nuevamente sus ilusiones. Se inicia la Liga y ahora su mesías (con minúscula) es Mourinho. Sus ensoñaciones son legítimas, aunque más duro será el choque contra la realidad hormigonada de azulgrana.

Afiebrados por sus pertinaces fracasos y sabedores de que su equipo no está a la altura de su gran rival, los madridistas confían en un gran entrenador y en un loable grupo de futbolistas. Entre ellos, cuentan con el cuarto mejor jugador del mundo, Cristiano Ronaldo (los otros tres, en el orden que ustedes prefieran: Messi, Iniesta y Xavi). Ahora que lo pienso, puede ser divertido ver a Higuaín o Benzema defendiendo como panteras a los laterales del Osasuna o el Hércules. Es lo que cabe esperar del técnico portugués, aunque él, desafiante como siempre, sostiene que “sorprenderá”. Ja.

El reducto no madridista de este periódico sonrió la pasada temporada. Los 250 millones de euros que el Madrid se gastó en 2009 convencieron a muchos de que por fin había llegado su momento. Se equivocaron. Qué lástima. Gracias a Mou, la peste blanca se extiende otra vez como la gangrena que destruye los tejidos de los árboles. La enfermedad es ya una pandemia. No hay hospitales para todos, así que sólo queda resignarse. Eso sí, duele ver a los amigos y vecinos pasándolo mal.

El madridismo, huérfano de títulos desde hace un par de años, no puede soportar los triunfos del Barça. En el fútbol, los éxitos van por ciclos. En otro tiempo, muy lejano, los barcelonistas lloramos las victorias blancas. Puede, incluso, que el glorioso y señorial (sic) Real Madrid acabe ganando algún título este año. No importa. Todos los aficionados ya ganan y sueñan cuando contemplan las jugadas hilvanadas por el equipo que dirige Pep Guardiola.

No se tomen al pie de la letra este ataque furibundo. El fútbol es una broma maravillosa, una dolencia incurable, una orgía de sentimientos entreverados que nos permite reír siempre armónicamente. Nada más, nada menos.

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Mi compañero Jorge

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Desconozco si la muerte es el final. La duda me aguijonea desde hace años. En cambio, es inobjetable el dolor que causa el roce frío, sincero y cortante de la muerte. Sin ir más lejos, acabo de comprobar el sufrimiento glacial e hiriente de una familia que pierde a un muchacho de 33 años, casado y padre de dos hijos. Era mi compañero Jorge. Bueno, en realidad mi compañero es Javi, hermano del fallecido. Pero en este caso, decir Javi es también decir Jorge. Almas gemelas de un mismo espejo.

Hace años, por casualidad, alumbré un relato titulado El sueño de Jorge. Aquella obra escrita con manos jóvenes y soñadoras era un canto a la esperanza que nunca termina, como una llama eterna que perseguir. Por casualidad, el nombre que decidí para el protagonista coincidía con el de un deportista, hombre risueño y enamorado de la buena literatura. La primera vez que le vi fuimos a ver una obra de teatro en el Círculo de Bellas Artes, aunque ya le conocía anteriormente por la catarata de cualidades que me había narrado, siempre emocionado, su hermano, mi compañero de facultad, de películas y de ilusiones extraviadas. Hoy, con la trágica desaparición de Jorge, por momentos no vislumbro ni rastro de esperanza y sólo veo oscuridad.

No me salen las palabras dulces que utilizamos para consolar a quienes queremos. No encuentro respuestas a mi búsqueda constante. La amargura me asfixia al pensar en sus padres, en su viuda, en sus hijos y, sobre todo, en su hermano, mi amigo del alma. La vida, injusta y absurda y maldita, continúa veloz. Dicen que alguien no muere mientras haya quien le recuerde. Por tanto, esté su alma o no en el Edén, él sigue junto a nosotros. Las hadas del ayer nunca morirán.

Vivimos en tierras de penumbra. Palidece la luz en el horizonte. El más allá, quizás paraíso, queda muy lejano. Aprovecho este espacio, todo un privilegio, para enviar fuerza, ánimo y cariño a esa familia que también es la mía. Adiós amigo, hermano, compañero. Como decía C. S. Lewis, escritor cristiano, como Pedro Salinas, “la magia nunca acaba”. Nos quedan la libertad y la imaginación, aunque sean ficciones. Aún me asedia la duda. Sólo tengo una certeza: Jorge nunca arribará en los vastos jardines sin aurora, donde habita el olvido.