Primer capítulo publicado en El Cultural

(http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26854/Primer_capitulo_de_Anson_Una_vida_al_descubierto)

-No voy a comprar a tu hermana, y si la compro será para dejarla en libertad.

-¿Y qué va a hacer la pobre pequeñita en libertad? -respondió en su francés elemental el niño congoleño de mirada pícara que se dedicaba a vender periódicos.

Perplejo, aquel joven lánguido que estaba en el Congo para cubrir la guerra como enviado especial de ABC pensó que aquello era una locura tremenda, reparó en las carencias del África negra que sangraba de hambre, se estremeció al comprender las palabras áridas y sinceras, despojadas de los valores cristianos en los que él creía ciegamente. No obstante, esas dos frases eran un detalle ínfimo, aunque escalofriante, en aquellos días finales de 1964 que desgarraron el país africano y que ocupan un lugar de preferencia en la historia del salvajismo humano. El conflicto armado era un tórrido y anárquico baño de sangre. Las atrocidades eran constantes por parte de todos los bandos en liza. El aire estaba corrompido de humo y muerte. Las imágenes allí presenciadas quedarían en las memorias del horror. La vida no tenía valor, la bondad escaseaba y la dignidad se había esfumado.

El muchacho de la puerta del hotel Congo Palace insistía en la oferta de vender a su hermana pequeña. En el corazón de la selva todo tenía un precio. Al cabo, «todos allí compraban una negra que les servía como doméstica y, luego, para otros menesteres». Pero la respuesta era siempre negativa. «¿Seguro? -repetía, incansablemente-, porque puede llevar hasta 50 kilos sobre la cabeza y tiene unos dientes blancos perfectos».

Luis María Anson, 29 años, hombre de familia acomodada, periodista de creciente prestigio y enviado especial de ABC, lleva varias semanas narrando los desastres de la guerra del Congo, la crueldad de un conflicto tribal en el que se ha desbordado el canibalismo. Hombres con armas del siglo xx conectados con costumbres prehistóricas. Allí no sólo se mata. Allí se devora a seres humanos, se saborean los órganos del enemigo y se asa a los prisioneros como si fueran el banquete de Navidad. Demasiado horror.

Pero el temerario corresponsal está empeñado en presenciar, aun exponiéndose a riesgos insospechados, la danza de la fecundidad de una tribu bantú. El rito legendario y ancestral, exaltación de la pasión y el erotismo, del que todos los blancos hablan pero que muy pocos han presenciado. El periodista quiere vivir su negra noche africana, su «negra noche mística y clara y llena de brillo» y experimentar en sus propias carnes los versos de Nicolás Guillén tantas veces por él recitados.

Signo de selva el tuyo,
con tus collares rojos,
tus brazaletes de oro curvo
y ese caimán oscuro
nadando en el Zambeze de tus ojos.

«No vayas, nadie que haya ido allí ha vuelto», le recomiendan quienes rodean al periodista, algún colega extranjero y los pilotos del aeropuerto de Leopoldville. Pero él está empecinado en la excentricidad: «Es que no ha ido nadie y si les decís eso, pues no van». No está dispuesto a dar su brazo a torcer. Es una obsesión personal, nadie en su periódico se lo ha pedido, pero, como en tantas otras ocasiones, no va a aceptar un no por respuesta. El hechicero bantú le ayudará a conseguir sus propósitos.

El hechicero era un tío listísimo que venía todos los meses a Leo a comprar medicinas. Compraba antibióticos para que sus ungüentos y sus pócimas fuesen eficaces. Recuerdo que tenía un coche grande, un Buick, me parece, de esos destartalados, que ya era antiguo en esa época. Hablé con él y, cuando me dijo la cantidad que me cobraba por llevarme y traerme, le respondí: «Pero me tienes que traer la misma noche, yo voy, veo la danza y vuelvo». Le expliqué que, en vez de dinero, le iba a regalar una negrita que podía llevar hasta 50 kilos sobre la cabeza y que tenía unos dientes blancos perfectos.

-Hombre, no, ya tengo cuatro mujeres, yo prefiero dos cabras.
-No, no. O una negrita o nada.

Al final, aunque me repitió mucho lo de las cabras, accedió. El niño de los periódicos vino con su padre y con su hermana. Costaba, me parece, unos 3.000 francos congoleños, unas 30.000 pesetas de entonces. Ella vino aleccionada completamente para todo lo que tenía que hacer. Y claro, se encontró con una persona, que en fin… La llevé a otra habitación, la acosté y la besé en la frente. Era un encanto de persona y al día siguiente se la entregué al hechicero.

Ocho días después, la luna llena señala el día indicado. El astuto hechicero vuelve a Leopoldville a buscar a Anson para llevarle a presenciar la danza de la fecundidad, el entendimiento sexualizado de Dios. Como escribió Sartre en su Orfeo Negro, cuando el hombre negro «reposa en los brazos de una mujer de su raza, la cópula es para él una celebración del misterio del ser. Esta religión sexualizada es como una tensión del alma en la que se equilibran dos tendencias que se complementan mutuamente: el sentido dinámico de un falo que se yergue y el sentimiento más sordo, paciente y femenino de ser una planta que crece».

Para llegar al poblado, se adentran en las profundidades de la selva, como le pasaba al legendario Kurtz en la novela El corazón de las tinieblas, que quedó hipnotizado y acabó perturbado por los aromas y secretos que allí descubrió. Los sudores brotan con fuerza y el alma se tambalea durante un trayecto de más de 150 kilómetros que se multiplica por dos por los caminos sinuosos que recorre el Buick destartalado y cochambroso.

Parecía una quimera, pero llegaron a su destino. Es difícil imaginarse a un periodista español de los años sesenta en un poblado bantú, rodeado de seres humanos atónitos por ver y tocar a un hombre blanco. Y más todavía en un país quebrado y peligroso, minado por una cruenta guerra. A la luz de la luna llena, Anson, con los ojos abiertos por la curiosidad y con los temores arrumbados, se sale con la suya y disfruta con el dulce contorneo de la joven doncella de la tribu.

Cuando volví, hice una crónica que me salió estupenda, con un final que decía: la virgen más joven de la tribu, esbelta como una liana verde, danzaba al ritmo del tam-tam. Era un frenesí de fruta fresca. Parecía la llama de una hoguera. Tenía los ojos como ascuas, mientras la luna se le derramaba a puñados por su piel de leche negra.

La danza de la fecundidad es que Dios para los negritos es un Dios engendrador, y no el Creador como la idea que nosotros tenemos. Nosotros cumplimos con la voluntad de Dios cuando comulgamos, es la gracia santificante. El negrito cumple con la voluntad de Dios en el momento en que engendra. Por tanto, la danza de la fecundidad es una danza en que ellos y ellas se desnudan y eligen las parejas para después acostarse y tener hijos y engendrar. Son cinco mil años de historia de la danza de la fecundidad, eso está en la historia de las tribus negras a la luz de la luna, que es la fecundidad, para fecundar a la mujer. No se me puede olvidar esa noche. Los indígenas, ellas y ellos, desnudos como el ébano, bebían unos brebajes sacados de raíces tropicales que les encendían de fuego para lanzarse a bailar.

Finalizada la danza que marcó al periodista de por vida, el hechicero le pide que se quede a dormir. «Yo pensaba: “Aquí es donde se me comen, me matan…”. Le dije: “No, no, usted me ha dicho que volvíamos”». La mente de Anson fluctúa entre la profunda emoción vivida y el miedo que no desaparece y le agarrota la garganta.

«Estábamos a 80 o 90 kilómetros, a la mitad del camino, paró el coche y me dijo “una avería”. Pensé “si me va a matar, me voy a defender”, así que bajé del coche preparado para cualquier cosa, pero sí, había una avería, se había pinchado una rueda… Cuando llegué a Leopoldville reuní a mis amigos. Uno de ellos, Francisco Yáñez, que luego tuvo un puesto en Alianza Popular, era el jefe de controladores de la torre de control del aeropuerto, y, por eso, uno de los principales objetivos de los negritos, que se lo querían comer. Me dijo: “Pero ¿cómo has sido capaz de ir ahí?, es un milagro que hayas vuelto sin que te hayan comido”. Le contesté: “Pues aquí estoy, sano y salvo, haciendo una crónica”. Una crónica que me divirtió mucho hacer».

Aquella visita al poblado bantú y aquella crónica exclusiva sirvieron para que Anson quedara arrobado para siempre, embrujado por los fieros contorneos de aquella joven virgen que era un «frenesí de fruta fresca», en deuda eterna con África. Siete años después publicó, tras cientos de horas de estudio y lecturas, su mejor libro de ensayo: La negritud. Cuarenta y cinco años después, aquel lánguido y temerario periodista rememora con honda emoción el trueque de una niña a cambio de la visita extenuante al corazón de África.

¿Y qué pasó con la niña que compró y entregó al hechicero?

Sé que se convirtió en la quinta mujer del hechicero. Y sé que estaba allí el día de luna llena. Me vino a abrazar. Era un encanto de niñita. Luego, pues como todas estas niñas, supongo que durante un tiempo tendría hijos con él y trabajaría para él como una esclava y, cuando se hiciera mayor, estaría en el grupo que rodeaba al hechicero. Espero que viviera una vida para ella, y desde luego para el padre, nenormemente placentera, porque, en vez de estar en manos de un vaina, estaba en manos de uno de los que mandaban en la tribu. Ahora las cosas han cambiado allí, no mucho, pero un poco. Toda la organización de los países negro-africanos es una organización tribal. Y no entender eso…

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