Viva José Luis Garci (¿Y España?)

(http://www.elimparcial.es/cultura/viva-jose-luis-garci-y-espana-50373.html)

Facha, retrógrado y derechista. Son los calificativos con los que muchos, incluso los mejores amigos, etiquetarán este artículo sin necesidad de leer más allá del título. Pero no perdamos más tiempo ni espacio, que siempre están muy caros y más aún en época de crisis. ¿Quién en nuestro país no se ha enamorado de unos negros ojos extremeños? ¿Y de unos oscuros cabellos andaluces? ¿Quién no ha disfrutado de ese Madrid bullicioso, cosmopolita y acogedor? ¿Y de esa Barcelona olímpica y que siempre huele a nueva? ¿Y de esa Sevilla de azahar y risas? ¿Quién no ha comprobado la generosidad asturiana? ¿Y la sabía indecisión gallega? ¿Y la seriedad y socarronería vascas?

¿Quién no ha recorrido esos pueblos castellanos donde al escuchar las conversaciones se encuentran los recovecos más deliciosos del idioma que nos une? ¿Y las playas celestes del Mediterráneo? ¿Y la arena noble que baña el Cantábrico? ¿Quién no ha viajado a los Sanfermines para vivir durante unos días esa fiesta indomable? ¿Y a los días ardientes de las fallas valencianas? ¿Y a esa cueva de belleza y diversión más conocida como Baleares? ¿Y al sol eterno y volcánico de las Canarias? ¿Quién no se ha emocionado al contemplar de cerca la Catedral de Santiago, el Acueducto de Segovia, el Palacio Real, la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba o la Sagrada Familia? ¿Quién, sea de donde sea, no ha vibrado con Quevedo, Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández o Cernuda? Así podríamos seguir durante siglos, glosando lugares, detalles, sabores, tradiciones, paisajes y matices que, tópicos o típicos, conforman la esencia indefinible de este estupendo país al que la Historia bautizó como España.

-¿Tú te sientes español?
-No, yo soy ciudadano del mundo.

Esta y otras sandeces sin paliativos se extienden hoy como la gangrena entre los jóvenes como yo. Somos exponentes de una generación capaz de deleitarse en una sala de cine con las hazañas de William Wallace o Ernesto Ché Guevara —por supuesto, obviando hasta el mínimo asomo de rigor histórico- mientras rechaza todo lo propio. Una generación acomplejada de su Historia por mero desconocimiento de la misma y que produce sin control ni mesura más y más amantes del derrotismo español. A los que dicen o sienten, que no es la misma cosa aunque lo parezca, esas sandeces les recomiendo encarecidamente que compren, alquilen o roben el deuvedé de “Sangre de Mayo” y después lo visionen donde les plazca. Podrán ver la recreación de un momento histórico que, a mi humilde entender, no es el inicio sino una parte importante de algo que ya era una nación siglos atrás.

Decía José Luis Garci hace algo menos de un año que se había inventado el deporte de atizarle. Se quedó corto. De todas las críticas aceradas que le dedicaron al director asturiano por hacer una película “de encargo”, la que más me dolió fue la de mi admirado Antonio Muñoz Molina, que dedicó un artículo en “Babelia” a poner a caer de un burro a Garci, al periodista que en ABC tituló un artículo “La nación filmada”, a los dadores de la subvención cuestionada y, por ende, a la propia película. Resulta paradójico y un tanto desasosegante encontrar un escrito tan errado cuando es obra de un sujeto que ha creado “El invierno en Lisboa”, que ha sido director del Instituto Cervantes en New York, que ha ganado el Premio Mariano de Cavia y que, como consecuencia de todo lo anterior, ha contribuido y contribuye con su quehacer a cultivar, enriquecer y cuidar el español.

El artículo, titulado “Más naciones”, se burlaba de que se pudieran filmar las naciones, censuraba la posibilidad de que hubiera algo de épico en aquel levantamiento de hace 201 años, igualaba a la “derecha más leída” de Madrid con “los nacionalistas de la periferia” por la manera de recordar aquella efeméride durante el pasado año, machacaba el hecho de que la película fuera de encargo al definir éste como “opulento mecenazgo oficial” y defendía el “trabajo de los historiadores” como “el mejor antídoto” para hacer frente a “los delirios de la política y de la ideología”. Ahí es nada. Fijémonos sobre todo en estas dos últimas rigurosidades del autor.

El asunto del “encargo” es de especial importancia, ya que durante aquellos días de críticas exacerbadas se abundó en ello en varios medios de la izquierda y en círculos de la llamada Cultura. Sin entrar en lo chocante que resulta que los defensores del canon y la subvención pública achaquen ferozmente a Garci algo así —no profundizo porque desconozco si el señor Molina es uno de ellos- y sin valorar que algunas de las mejores obras de la Historia del Arte sean fruto de mecenazgos —es evidente que el escritor no ignoraba este extremo-, es curioso utilizar como reproche este término que pareció haberse vuelto peyorativo como por arte de magia a tenor de la intención con que se usaba. Según el DRAE, cuando algo es “hecho de encargo” o “como hecho de encargo”, es que “reúne todas las condiciones apetecibles”. Pero lo más llamativo es que Molina aprovechase su discurso contra Garci y su película para promocionar a un historiador que precisamente en aquellos días publicó un libro cuya editorial forma parte del grupo de comunicación del suplemento donde apareció el artículo. Las casualidades no entienden de encargos. Y viceversa.

Tampoco tiene desperdicio la referencia a los historiadores, esos hombres objetivos, serios y carentes de cualquier atisbo de ideología que hacen de la Historia una ciencia perfecta. Pero me parece que el historiador al que citó Molina tendrá como mucho la misma credibilidad queFernando García de Cortázar, catedrático, colaborador de varios medios y director de la Fundación “Dos de Mayo. Nación y Libertad”. En un sublime artículo llamado “La pantalla estremece”, el historiador reconocía que “al relato de la historia el cine le quita la profundidad y anchura del campo de observación, y a menudo sustituye la realidad helada de los hechos por el colorido sentimental de los mitos” e igualmente afirmaba después que “leer a Galdós es como penetrar en un gran y polifónico país sorbido de tertulias y quimeras, y José Luis Garci, que siempre ha confesado su fascinación por el autor de Fortunata y Jacinta, ha sabido entenderlo en el momento de trasladar al cine La Corte de Carlos IV y El 19 de marzo y el dos de mayo”. Está todo dicho, ¿no? Claro que el cine selecciona, fabula, reordena y manipula los hechos, pero nadie (o al menos yo) se lo plantea como un impedimento para ver “300”, “Braveheart”, “Ché, el argentino” o “Ágora”.

Recuerdo que el artículo del gran Muñoz Molina estaba muy bien escrito y sus dardos estaban tan envenenados como bien construidos, pero creo que adolecía de una falta de rigor esencial, no en sus referencias a Galdós o la Historia, asuntos de los que sin duda es un gran conocedor, sino en lo que se refiere a la película. Creo que el opúsculo era en el fondo un vago apriorismo, puesto que me podría apostar un euro con cada lector —y no lo perdería- a que el escritor aún no había visto la película dirigida por Garci cuando escribió sobre ella. Yo sí la vi recién estrenada. No soy crítico cinematográfico, pero, aun reconociendo que no me parece, ni de lejos, la mejor obra del asturiano, aseguro que la parte épica de la cinta trata de mostrar ese Madrid en el que los mayores truhanes y sinvergüenzas se rebelaron contra el invasor para encender así —y sin sospecharlo- la chispa de lo que sería la crucial Guerra de la Independencia, para mayor decepción del montón de afrancesados que han puesto a caldo esa contienda desde entonces. Un estallido de cólera más rabioso que patriótico, más casual que esperado, en la línea con lo escrito y repetido al respecto por Arturo Pérez Reverte, que algo debe saber de la cuestión.

Quiero que estas líneas sean un homenaje, un tributo, un viva exaltado a José Luis Garci. Los que hace más o menos un año le sacudieron la badana por ser amigo de los poderosos o cosa parecida son los mismos que le llamaron “franquista” tras ver “Tiovivo.1950”, con lo que demostraron no entender esa estupenda película coral que pretendía, con mayor o menor tino, retratar una época de la que todos somos hijos —o nietos-, y hacerlo además de una manera para nada exenta de ataques a la dictadura. Son los mismos que cuando recuerdan la imagen de Garci recogiendo el primer Óscar a una película española por “Volver a empezar” ponen el acento antes en el chabacano inglés del director que en la abrumadora importancia del hecho en sí. Y son los mismos que hace un par de años quisieron oscurecer la potente “Luz de domingo” sin siquiera gastarse seis euros en el cine. Ya lo dice el personaje de “la uruguaya” en esa película:

-No les entiendo. Ustedes los españoles no se alegran de las cosas buenas que les pasan, sino de las cosas malas que les pasan a los demás.

Definición perfecta y actual de la sombra de Caín del verso de Machado, cuya muestra más sofisticada y ruin es la envidia. Pese a este y otros defectos endémicos que nos acompañan, también quiero decir, alto y claro, viva España. Porque creo que cuando alguien como yo usa esa expresión hoy no está alabando ese país del franquismo: rancio, palurdo, hijo y preso de imposiciones como el crucifijo, el águila y el “Cara el Sol”, sino que está ensalzando una naturaleza colectiva, diversa y no excluyente, no necesariamente épica pero sin necesidad de abominar de atributos como el heroísmo, asentada sobre siglos de vivencias comunes y que encuentra el mejor marco posible para desarrollarse en la Constitución de 1978, que por cierto representa la cima del constitucionalismo español, cuya primera obra surgió en las Cortes de Cádiz, que, si mal no recuerdo, algo de relación guardan con el levantamiento de mayo.

Una naturaleza, en suma, que formamos los ciudadanos de un país democrático y moderno, único en su enorme y sana diversidad, contradictorio como pocos, adicto al garrotazo, paradójico y esperpéntico, genial al fin y al cabo, que, por ejemplo, es capaz de salir a la calle en masa en todos los pueblos y ciudades para apoyar a su selección de fútbol porque cada uno de los que está allí, sean cuales sean su pelaje político y su condición social, siente en su interior como propio a ese conjunto de quince jugadores que nos hicieron gozar como nunca hace dos veranos. Y más: se identifica con ellos y comparte con sus vecinos la brutal alegría de un triunfo largamente esperado.

Monárquicos o republicanos; de derechas o izquierdas; ateos o religiosos; entusiastas del toreo o furibundos antitaurinos; separatistas, patriotas o ciudadanos emancipados de adjetivos coartadores; con nuestros gigantes defectos y grandes virtudes; con nuestros sentimientos propios y siempre respetables; con nuestras diferencias, que no son escasas ni diminutas pero que constituyen un grupo infinitamente inferior a ese sustrato común tan difícil de definir y sin embargo formado por tantas cosas que nos unen; todos somos españoles, ¿no? Este humilde escrito, acertado o fallido, no es fruto de un encargo, sino de una reflexión personal e independiente de uno de ellos que no reza cada noche a patrias, siglas o banderas, ni mucho menos, pero que al tiempo no se avergüenza del lugar donde nació, ni mucho menos. Arrumbemos los fanatismos y desterremos los complejos. ¡Viva la libertad!

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