Otra derrota para los perdedores de ETA

(http://www.elimparcial.es/nacional/otra-derrota-para-los-perdedores-de-eta-46711.html)

Los cincuenta años de ETA son la historia de una derrota. Tras cuarenta y un años de espiral asesina, la banda terrorista sólo ha obtenido un par de victorias parciales, como lo sucedido con la Autovía de Leizarán o la central nuclear de Lemóniz. También ha logrado provocar ingentes cantidades de terror, exilio, miedo, sangre, muerte y sufrimiento cuyos resortes son múltiples y cuyas heridas tardarán décadas en cicatrizar. Pero sus objetivos finales, como la anexión de Navarra, la independencia de la presunta “Euskal Herria” o la implantación de un régimen de carácter nacionalista y marxista en la citada entelequia, están más lejos que nunca de lograrse, si es que alguna vez tuvieron visos de realidad. Con paso raudo y seguro, se enaniza la capacidad de matar y extorsionar de los etarras, gracias a la labor implacable de las Fuerzas de Seguridad, se reduce la masa social proetarra, debido a que muchas personas del universo “abertzale” se han dado cuenta de lo equivocado de la vía violenta, y se acaban, una a una, todas las infamias cotidianas que durante años han inundado el País Vasco y Navarra, sobre todo por la innegable eficacia de la política de firmeza que se inició con Aznar, se interrumpió con el obsceno “proceso de paz” y se recondujo una vez que Zapatero cayó en la cuenta, por la vía de los hechos, de su incalculable error.

La última derrota para los perdedores de ETA se está viviendo este verano. El nuevo Ejecutivo vasco, dirigido por el socialista Patxi López y auspiciado por el apoyo del PP, está empeñado en impedir que toda la simbología etarra anegue las calles del País Vasco. Además, se ha producido un efecto de imitación por el que los fiscales, ya era hora, han decidido actuar en la misma línea en todos los rincones de Navarra. Así, los carteles, pintadas, retratos, panfletos y manifestaciones de ETA y sus secuaces están desapareciendo de las calles que infectaban con su presencia ignominiosa. Otra derrota para los perdedores de ETA. Y esta es especialmente significativa, porque está suponiendo la pérdida de presencia en los espacios públicos, con todo lo que eso lleva aparejado. La anterior derrota de ETA fue la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que confirmó la política de ilegalización de los sucesivos disfraces electorales de la banda. Y la derrota precedente fue la expulsión, por fin, de esa máscara, esta vez con los seudónimos de Askatasuna y D3M, de las elecciones al Parlamento de Vitoria, en el que se colaron cuatro años atrás con la marca PCTV, también ilegal hoy día. Golpes policiales, judiciales, políticos y simbólicos que están asfixiando a la escurridiza serpiente. Queda la contundencia del hacha, como tristemente se demostró en Mallorca hace unos días, pero con el tiempo no quedará quien la empuñe.

Lo quiera reconocer públicamente o no, ETA ha perdido. No ganará, porque no puede ganar. Los etarras lo saben. Y ese es el verdadero problema. Los terroristas de ETA buscan desesperadamente entablar un proceso de negociación con el Gobierno de España. Usan para ello el manual de Iosu Ternera: poner muertos encima de la mesa para que el Gobierno ceda. Pero los etarras no quieren ese “diálogo” para solucionar el “conflicto” como cualquier persona de la calle podría pensar, como por ejemplo: “final de ETA a cambio de amnistía para los presos” o “se acaban los asesinatos a cambio de un referémdun de independencia”. No. Sus aspiraciones son maximalistas. Y no como una estrategia negociadora. Quieren alcanzar unos objetivos que saben imposibles. ¿Paradoja? No, conciencia de la derrota pero no asunción de la misma. ¿Locura? Puede, ese extremo lo debería concretar un psiquiatra. Y es que la derrota de ETA es lo que da sentido a su existencia. Porque los etarras no asumen que sobran o que están equivocados por los golpes que reciben o por sus fracasos continuos, sino que piensan que hay unas razones históricas y políticas que justifican su modo de actuar. Y creen que todos esos golpes o fracasos son el mejor ejemplo de la represión que sufren y por ello constituyen su mayor impulso para continuar. Ahí está el componente pretendidamente heroico, apasionante y épico que les hace mártires de una causa superior por la que vale la pena luchar. El sendero glorioso ad infinitum de la serpiente.

En un breve pero hondo texto, titulado “El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror”, el pensador alemán Hans Magnus Enzensberger describe las características de esos hombres perdedores que son carne de cañón para engrosar las filas de todas las organizaciones terroristas y se centra, en la segunda mitad del libro, en los terroristas islámicos. Si algo queda claro acerca de ETA y sus cómplices, es que padecen un irreversible victimismo y una paranoica falta de reconocimiento de sus responsabilidades en sus propios crímenes. Siempre la culpa es de España opresora, de los políticos, de la policía, etcétera. Nunca del etarra asesino que dispara en la nuca o coloca la bomba. Sus acciones están justificadas. Son “gudaris” de la patria. Las palabras de Enzensberger son clarificadoras: “Lo que al perdedor le obsesiona es la comparación con los demás, que le resulta desfavorable en todo momento. Como el deseo de reconocimiento no conoce, en principio, límites, el umbral del dolor desciende inevitablemente y las imposiciones del mundo se hacen cada vez más insoportables. La irritabilidad del perdedor aumenta en cada mejora que observa en los otros. La pauta nunca la proporcionan aquellos que están peor que él; a sus ojos, no son ellos a quienes continuamente se ofende, humilla o rebaja, sino que es siempre él, el perdedor radical, quien sufre tales atropellos”. “La pregunta —apostilla el filósofo- de por qué esto es así contribuye a sus tormentos. Es incapaz de imaginarse que quizás tenga que ver con él. Por eso tiene que encontrar los culpables de su mala suerte”.

Cuando habitualmente debatimos acerca de ETA, pensamos en una organización, con ideología e historia, con numerosos miembros que han pasado por ella, con etapas y cambios palpables, como si se tratase, en suma, de un ente con vida propia. Pero, ¿cómo son las personas que forman parte de ETA? ¿Cómo es cada uno de esos individuos que lo dejan todo (familia, amistades, trabajo) para sumarse al proyecto delirante y terrorista? Son, a mi juicio, los “perdedores radicales” de los que habla el pensador alemán. “¿Y qué sucede cuando el perdedor radical supera su aislamiento, cuando se socializa y encuentra una patria de perdedores con cuya comprensión e incluso reconocimiento pueda contar, un colectivo de congéneres que le dé la bienvenida, que lo necesite?”, se pregunta el filósofo. En otras palabras, ¿qué sucede cuando el perdedor vasco se mete en ETA, cuna de otros perdedores como él?

El propio Enzensberger tiene la respuesta: “Entonces la energía destructiva encerrada en él se potencia hasta la más brutal ausencia de escrúpulos; se forma una amalgama de deseo de muerte y delirio de grandeza, y de su falta de poder le redime un sentimiento de omnipotencia calamitoso. Para ello se necesita sin embargo una especie de detonador ideológico que haga estallar al perdedor radical. Como la historia ha demostrado, nunca han faltado ofertas de ese género. Su contenido es lo que menos importa. Sean doctrinas religiosas o políticas, dogmas nacionalistas, comunistas o racistas, cualquier forma del sectarismo más cerril es capaz de movilizar la energía latente del perdedor radical”. ¿Hay mejor “detonador ideológico” que imaginarse los defensores a ultranza de una nación oprimida con la que sueñan muchos de sus vecinos, amigos o familiares que también padecen el nacionalismo furibundo y excluyente que creó Sabino Arana? ¿Y cómo no van a seguir surgiendo etarras si el nacionalismo llamado moderado ha gobernado 30 años permitiendo un atroz sectarismo en las escuelas? Por esa educación es por lo que ETA a veces parece una hidra antes que una serpiente, como muy bien explicó Juan Manuel de Prada en un reciente artículo.

Para acabar, quisiera embridar dos ideas que han aparecido en este texto: el fracaso de ETA y su incapacidad de asumir un final que no sea victorioso. Y para ello vuelvo a Enzensberger: “…el perdedor radical desconoce cualquier solución de conflicto o compromiso que pueda involucrarlo en un tejido de intereses normales y desactivar así su energía destructiva. Cuantas menos perspectivas tiene su proyecto, tanto más fanáticamente se agarra a él”. Es lo que ETA y sus secuaces llevan años haciendo. Es, en otras palabras, el “bucle melancólico” que dejó escrito Jon Juaristi —“perder para ganar”, decía- o la “herida patriótica” que explicó Mikel Azurmendi. Es la frustración constante y el dolor hiriente de la derrota que da sentido a la existencia de una banda así de siniestra. Es el imaginario delirante y victimista de quien odia al diferente porque lo considera su opresor. Es la sucesión imparable de derrotas que, por paradójico que parezca, estimula a los derrotados para seguir con su lucha, por aberrante que ésta sea. Porque los etarras son perdedores radicales que no aceptarán su derrota ni cuando todos ellos estén tras las rejas de la prisión en la que sin duda acabarán.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s